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China: el agotamiento del modelo industrial manufacturero Destacado

Zhongguancun, el distrito tecnológico de Beijing Zhongguancun, el distrito tecnológico de Beijing

Hasta el cansancio se habló del crecimiento de la economía china como uno de los motores que mueven al mundo. Pero se trata de un motor que envejece. Al que hay que renovar.


Ocurre que las condiciones básicas de funcionamiento de la economía china variaron. Los salarios empezaron a crecer y, por ende, se acaba la mano de obra barata. Las condiciones medio ambientales comienzan a ser tenidas en cuenta. Las políticas demográficas reducen la hasta ahora inagotable oferta laboral.
China emergió de los años de estancamiento comunista con una sociedad sin capacidad de consumo, con escasa producción, con mano de obra barata y con un atractivo por el capitalismo, despojado de cualquier consideración política.
Así, fue posible que el régimen dictatorial de partido único –el Comunista- continuase, mientras la sociedad, con escasas y honrosas excepciones, solo se preocupaba por enriquecerse o, al menos, consumir. Sin olvidar la represión brutal del movimiento pro democrático en 1989.
Y China inundó el mundo con sus productos de relativa calidad pero de muy bajo precio, como consecuencia de la combinación de salarios muy bajos –aunque más altos que en la etapa comunista-, cero preocupación por la contaminación ambiental, y ninguna tolerancia frente a cualquier esbozo de protesta.
Fue el dominio –y aún lo es- del capitalismo salvaje. Tan salvaje casi como el de los comienzos de la revolución industrial.
Pero, las cosas cambian. Y hoy, otros países están dispuestos a tomar el lugar que deja China. Indonesia, Vietnam, Birmania, Bangladesh, Filipinas ya son actores de primer nivel en eso de producir a bajo coste con relativa calidad.
China ya no puede volver atrás. Los chinos consumen y cada vez quieren consumir más. Es imposible reducirlos nuevamente a la condición de mano de obra barata.
A su vez, las migraciones internas, aunque aún existen, merman su ritmo. La afluencia de campesinos a las grandes ciudades para participar del proceso industrial decae y la política demográfica del hijo único impide la sobre oferta de mano de obra.
Ergo, hay que cambiar. Hacen falta nuevas recetas. Y una de ellas es Made in China 2025. Es el abandono de la producción masiva y su reemplazo por una producción de alto valor añadido. Para eso, hace falta reconvertir la industria mediante el fomento de la innovación. Eso es, precisamente, Made in China 2025.
¿A dónde apunta? A las nuevas tecnologías de la información, a la biomedicina, la robótica y los ferrocarriles de alta prestación, entre otras.
No es un desafío menor. China depende de las tecnologías que compra en Estados Unidos, Alemania o Japón. Compra o hurta, mediante el empleo de sus espías industriales, seis de los cuáles acaban de ser detenidos en Estados Unidos por robo de secretos comerciales vinculados con tecnologías de la telefonía móvil.
Como sea, China acaba de incrementar de 1,5 a 2 por ciento del Producto Bruto Interno el gasto en Investigación y Desarrollo. Aún es bajo, si se tiene en cuenta que en los países con mayor desarrollo alcanza al 3 por ciento.
Otras características conspiran, además, contra el mantenimiento del actual "modelo" manufacturero. Por ejemplo, la escasa presencia de marcas chinas en el mercado mundial.
De allí que la palabra de moda paso a ser la de "emprendedor". Por una doble razón: la innovación, claro, pero también el desarrollo y crecimiento del sector privado aún bastante rezagado frente a un sector público con reglas de mercado pero con muchos inconvenientes para adecuarse al cambio de paradigma.
China pretende celebrar, en el 2049, el centenario de la Revolución Comunista habiéndose convertido en una superpotencia industrial con tecnología de punta. Para ello, ya creó su Silicon Valley. Es el barrio pekinés –Beijing- de Zhongguancun. El barrio está, falta el desarrollo tecnológico.
Para el presente 2015, China pronostica un crecimiento de su Producto Bruto Interno del 7 por ciento. Es alto a nivel mundial, pero es el más bajo que el país registró en el último cuarto de siglo.
En 2014, el crecimiento que durante años fue de dos dígitos, cayó al 7,4 por ciento. El último guarismo conocido sobre incremento de la producción industrial corresponde a abril pasado, se sitúa en un 5,9 por ciento, muy por debajo de las expectativas.
Para atender la desaceleración, el Banco Central de China redujo, recientemente, por tercera vez en lo que va del año, la tasa de interés, en un intento de abaratar el costo del dinero para impulsar la producción.
El problema es que la demanda cae. Tanto la nacional como la del exterior.
Al respecto, la reciente gira por algunos países de Latinoamérica del primer ministro chino Li Keqiang, buscó fortalecer la demanda de productos chinos mediante la concesión de créditos favorables para los compradores.
Pero Li no se limitó a promover los productos chinos. Inauguró una era de presencia china en un área del mundo donde no exhibía mayor protagonismo.
Li fue a Brasil, Colombia, Perú y Chile. Brasil, el gigante económico de la región, Colombia, Perú y Chile, las economías más dinámicas.
El funcionario chino no se privó de anunciar el financiamiento de proyectos faraónicos como el ferrocarril transoceánico que conectará la costa atlántica de Brasil con la costa pacífica del Perú. Obviamente, coincide con la elección china de los ferrocarriles de alta velocidad como una de las áreas de innovación tecnológica.
¿Cuáles son las herramientas de China para desembarcar en algunos países de la región? En primer lugar, su demanda de commodities. En segundo término, su oferta de infraestructuras. Por último, su capacidad financiera.
El intercambio no para de crecer pero es desigual. Los países latinoamericanos, obnubilados por el dinero "fácil" de los commodities –soja, cobre, hierro-, venden productos primarios mientras que compran productos manufacturados.
Aquello que se presentaba como "malo" frente a Estados Unidos, se maquilla como "bueno" frente a China, pese a la calidad relativa de las manufacturas chinas, tal como no para de alertar la Comisión Económica para la América Latina (CEPAL).
Li anunció inversiones a troche y moche en los cuatro países de la región. Inversiones que no siempre se materializan pero que siempre, invariablemente, acaparan titulares informativos.
En rigor, China intenta convencer de su rol de superpotencia y para eso, más que realizaciones, hacen falta anuncios.
Así lo del tren transoceánico merece la duda ante su costo. Por su parte, la experiencia de apertura de empresas chinas para utilizar mano de obra local choca con el cierre de la planta de la automotriz Chery en Uruguay.
O la conflictividad social en la planta de la misma empresa en Brasil y hasta la huelga violenta de los trabajadores peruanos contra la minera estatal china Shougang que explota el yacimiento San Juan de Marcona.
Finalmente, el Fondo Monetario Internacional divulgó que la moneda china, el yuan, dejó de ser una divisa infravalorada a partir de su apreciación ocurrida, en particular, durante el último año.
Por años, China recibió las protestas de los países desarrollados por la cotización artificialmente baja de su moneda a fin de promover sus exportaciones. Ya no ocurre así y, paralelamente, las ventas externas cayeron.
Para el FMI, la previsión del crecimiento de China en el 2015 es de solo el 6,8 por ciento del PBI frente al 7,5 por ciento pronosticado para la India.

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