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Turquía: nuevas elecciones para un Erdogan que no se resigna Destacado

Campamento de refugiados sirios en Turquía. Campamento de refugiados sirios en Turquía.

Con la foto de niño sirio muerto ahogado en las costas de Turquía, el drama de los refugiados que huyen de las guerras y de la miseria tomó actualidad en los medios internacionales. La oleada de inmigrantes medio orientales y asiáticos que pretenden llegar a Europa, pasa por Turquía.


Una simple mirada sobre la tabla de las nacionalidades de los inmigrantes hasta finales del 2014 señala que el vecino de Turquía, Siria, ocupa el primer puesto entre quienes huyen de su país. El total de desplazados sirios de sus hogares alcanza a 11,7 millones sobre una población total de 23 millones.
La gran mayoría permanece dentro de territorio sirio, pero un buen número atraviesa la frontera turca. Se estima que, a la fecha, casi 2 millones de personas son contabilizadas como refugiadas en Turquía.
La mayor parte son sirios, pero también hay irakíes, pakistaníes y afganos.
Por necesidad de poner freno a la corriente de refugiados, por cuestiones geopolíticas y por razones de política interna, el gobierno turco que dirige el presidente Recep Erdogan decidió guerrear.
Enemigos no es cuanto le falta. Por ejemplo, el gobierno sirio del dictador Bashar Al-Assad. Pero, sobre todo y aquí prevalecen las razones de política interna, el independentismo kurdo nucleado alrededor del Partido de los Trabajadores del Kurdistan (PKK).
Durante décadas el PKK llevó a cabo una guerra de guerrillas con métodos terroristas incluidos contra las autoridades turcas. Finalmente, con Erdogan y el llamado islamismo político en el gobierno, los combates cesaron. Las negociaciones fueron anunciadas aunque nunca fueron iniciadas formalmente.
Todo cambió cuando estalló la guerra civil en la vecina Siria. Fue cuando el grupo djihadista de Estado Islámico (EI) pretendió expulsar a los kurdos que pueblan el norte del país, en regiones próximas a la frontera con Turquía.
Turquía retaceó todo lo que pudo el apoyo a los combatientes kurdos que pretendían cruzar la frontera para engrosar las filas de las Unidades de Defensa del Pueblo Sirio (YPG), el brazo armado de los kurdos sirios que combatieron con éxito al EI y recuperaron la ya famosa ciudad de Kobane.
Erdogan y su gobierno del AKP, el Partido para el Desarrollo y la Justicia, sintieron que el triunfo kurdo fortalecía la independencia de un futuro Kurdistán y lanzaron, con excusas casi pueriles, su represión sobre el PKK.
Pero, militarmente, no les fue bien, y políticamente, tampoco. Militarmente porque si bien el Ejército turco produjo fuertes bajas entre los guerrilleros del PKK, también padece demasiados muertos en las operaciones. Tantos que se generó el espacio para un movimiento civil de familiares de soldados que reclaman contra el fin de las hostilidades.
Políticamente, no le fue bien porque perdió la mayoría absoluta que el AKP detentaba en el Parlamento. Debió iniciar conversaciones con los restantes partidos políticos, laicos socialdemócratas, laicos nacionalistas y el partido que representa a las minorías y que preside un kurdo, Selahattin Demirtas.
No llegó a ningún acuerdo. Más vale decir que tampoco lo buscó con afán. Y ahora Turquía se encamina inevitablemente a unas nuevas elecciones que se llevarán a cabo el próximo 1 de noviembre.
Hasta entonces dirigirá los asuntos del país, un gabinete encabezado por el primer ministro (AKP) Ahmet Davotoglu pero que contará con dos ministros del Partido Democrático de los Pueblos (HDP), representante de las minorías. Ambos ministros son... kurdos.
Hasta hace unos días, Erdogan calificaba al HDP como brazo político del PKK. Pero, la necesidad tiene cara de hereje.
Y para disimular todo, Turquía entró en una "dudosa" guerra contra Estado Islámico. Así, el 29 de agosto, aviones turcos bombardearon posiciones del EI en Siria y desde julio, los aviones norteamericanos utilizan la base turca de Incirlik para atacar a los djihadistas.
Pero, la verdad está en las bajas. El gobierno reconoce más de 70 soldados muertos en enfrentamientos contra el PKK y declara que mató a más de 700 combatientes kurdos. De Estado Islámico, casi ni habla.
Tal vez por creerse todopoderoso, Erdogan corre riesgo de encaminarse hacia su ruina. No solo gobierna por encima de sus funciones presidenciales, sino que destruyó su mejor obra, la demostración de la compatibilidad de islam, democracia y modernidad.
Hoy, la democracia sufre afrentas de todo tipo, desde censura a los medios de comunicación hasta la falta de diálogo y la división del país.
Hoy, la modernidad dejó atrás aquel crecimiento económico a tasas chinas de Turquía para dejar paso a una caída de la inversión y a la búsqueda de refugio de los capitales en el dólar.

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