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Ucrania: para el presidente Porochenko, la guerra es con Rusia Destacado

Tropas ucranianas en el frente Tropas ucranianas en el frente

Petro Porochenko, el presidente de Ucrania, sinceró las cosas cuando declaró que su país no estaba en guerra con los separatistas, sino con la propia Rusia. Es lo que todo el mundo sabe pero nadie se atreve a decir.


Luego, aunque no hacía falta, justificó: "el hecho de que hayamos capturado soldados de las fuerzas especiales rusas, constituye una sólida prueba".
Se refería a dos soldados de las fuerzas especiales rusas que fueron capturados el 17 de mayo de 2015 cerca de la pequeña ciudad de Chtchatsia, a solo 15 kilómetros de la ciudad de Luhansk, en manos de los separatistas.
Pese a la tregua negociada en Minsk, que aún rige a pesar de todos los incidentes que se suceden y que generan víctimas mortales, Porochenko no habló de paz, sino de guerra. Lo hizo con una acusación a los rusos, imbuida de una fuerte dosis de realismo.
Después de todo, no son los ucranianos quienes intentan separar territorio ruso de Rusia, sino exactamente lo contrario.
"Pienso –dijo- que los rusos preparan una ofensiva. Pienso que debemos estar preparados y que no debemos darla la más mínima oportunidad de relanzar las provocaciones".
Sincero y resignado, el presidente ucraniano admitió que no cree que los territorios –Luhansk y Donetsk- en manos de los separatistas puedan ser devueltos a Ucrania por la vía militar y que, aunque no tiene ninguna confianza para con el presidente ruso Vladimir Putin, no le queda otra salida que darle una oportunidad a la diplomacia.
Los propósitos de Porochenko implican que solo habrá más combates si Rusia –o los separatistas- pretenden expandir sus territorios. Que Ucrania resulta militarmente incapaz de recuperar las dos provincias mencionadas y, por ende, menos aún la Crimea directamente anexionada a Rusia.
Porochenko dice lo que Occidente prefiere escuchar. Acepta una realidad que solo podría ser modificada con una predisposición occidental a dar batalla. Predisposición que Estados Unidos muestra poco y que Europa no muestra para nada.
Estados Unidos parece más predispuesto en función de sus compromisos defensivos con otros países del ex bloque soviético que se incorporaron a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), como Polonia y los bálticos Estonia, Letonia y Lituania.
Para estos países, la actitud rusa en las provincias ucranianas de Donetsk y Luhansk, no difiere en lo más mínimo del igual comportamiento asumido en las regiones de Osetia del Sur y Abjasia, en Georgia, o en Transnistria, en Moldavia.
Se trata pues de un patrón de conducta ruso al que nadie pone freno.
De su lado, Europa demuestra una vez más, y Putin parece saberlo más que nadie, que muy lejos está de constituir la potencia que aparenta.
Cierto es que las sanciones aplicadas a Rusia complicaron la economía del país. Más aun en función de la caída de los precios del petróleo que generaba los mayores recursos que ingresaban a Rusia.
Pero, Europa no va ir más allá. En concreto, no va a mandar armas a Ucrania. Y sin una capacidad bélica mayor, Ucrania puede volver a sufrir un avance de los "separatistas" sobre todo sobre la costa del Mar Negro para formar una unidad territorial con Crimea.
Tampoco va a aceptar la solicitud de ingreso a la Unión Europea de Ucrania, Georgia y Moldavia. Como en épocas de la Unión Soviética, los temerosos europeos reconocen que estos país forma parte de la "esfera de influencia" rusa y que ellos no se deben menter.
Es lo que acaba de ocurrir en la cumbre europea de Riga, Letonia. Salvo los bálticos –Estonia, Letonia y Lituania- y Polonia, ninguno de los restantes 24 quiere escuchar hablar de una ampliación.
Sencillamente porque sería enojar a Putin. Y el enojo de Putin, para Europa vale más que la voluntad de ucranianos, georgianos y moldavos.
Entonces compensan con dinero –con ayudas económicas como el 1,8 millón de euros que recibirá Ucrania- y con promesas de liberalización del ingreso a la UE para los ciudadanos de esos países.
La respuesta rusa a Porochenko estuvo a cargo Dimitri Peskov, el portavoz de Putin. Dijo que ellos no tenían confianza en Porochenko, que "él no respeta las obligaciones concretas"; que el gobierno ucraniano "hace la guerra contra su propio pueblo" y que "son ciudadanos ucranianos quienes conforman el blanco de los tiros y mueren".
Peskov habló como si la guerra se desarrollara en Rusia y no en Ucrania. Como si se tratara de un asunto interno ucraniano, en cuyo caso no explicó por qué Rusia desconfía de Porochenko y por qué Putin se sienta en Minsk a acordar una tregua con el propio Porochenko, más el presidente de Francia, Francois Hollande, y la canciller federal de Alemana, Angela Merkel.
Y, por supuesto, ignoró el informe Nemtsov –compilado por el político de oposición ruso Boris Nemtsov, asesinado frente al Kremilin- que pone de manifiesto que 220 soldados rusos perdieron la vida en Ucrania.
En el plano interior, Porochenko promulgó las leyes votadas por el Parlamento que prohíben la propaganda comunista y que glorifican a los combatientes nacionalistas.
Se trata de leyes similares a las que rigen en los tres países bálticos y en Polonia. Colocan en el mismo plano a los regímenes totalitarios que invadieron, dividieron o sojuzgaron a todos esos países. Es decir a los nazis y a los comunistas.
Respecto de los comunistas, en concreto, prohíben los símbolos soviéticos, condenan al régimen comunista, abren los archivos de los servicios especiales soviéticos y reconocen como combatientes por la independencia a quienes lucharon contra la ocupación soviética aún como aliados de los nazis.
En términos prácticos, además del derecho a la pensión de algún combatiente que aún permanece en vida de la Segunda Guerra Mundial y de quienes fueron prisioneros del comunismo por causas políticas, las leyes implican la destrucción, por ejemplo, de las numerosísimas estatuas de Lenin.
También el cambio de nombre para ciudades, calles, plazas, edificios públicos o empresas cuyo origen resulte de la etapa comunista.
Por supuesto, Rusia acusó al gobierno ucraniano de métodos totalitarios y de impulsar un nacionalismo que empuja el país "hacia el abismo". La propaganda rusa hace, permanentemente, referencia de los "fascistas de Kiev".
Quizás la mejor síntesis de la reinterpretación histórica de Ucrania la ofrece Iuri Chukevitch quién pasó 31 años en prisiones soviéticas desde 1946, a la edad de 14 años, hasta 1991 con la dislocación de la Unión Soviética.
Su crimen: ser hijo de Roman Chukevitch (1907-1950) quien fue jefe de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN) y el fundador de su brazo armado, el Ejército Insurrecional Ucraniano. Ambas organizaciones combatieron contra los soviéticos hasta 1954.
Iuri Chukevitch afirma que "cualquier pueblo privado de su independencia habría colaborado con no importa quién para lograrla". "En Occidente –agrega- se habla mucho de los crímenes de Hitler, mucho menos de los de Stalin".
Las milicias ucranianas colaboraron con los nazis ante las promesas de un Estado independiente. No fue precisamente una colaboración romántica. Los ucranianos combatientes se prestaron al genocidio judío y a la masacre de polacos, con los criterios de pureza étnica copiados de los nazis.
Cierto es que cuando los nazis no cumplieron, los batallones del Ejército Insurreccional (UPA) se volvieron, sin ayuda de ninguna potencia extranjera, a combatir a la Wehrmacht –el Ejército- hitleriano.
En rigor, la UPA combatió sucesivamente contra la Wehrmacht, la Armia Krajowa surgida de la resistencia polaca y contra el Ejército Rojo hasta 1954. Fue, reconocida por los generales alemanes, como el más fuerte movimiento de resistencia –llego a contar con más de 100 mil combatientes-, después del Ejército Rojo.
Como siempre, en la historia nadie es del todo inocente.
Si el capítulo histórico no está cerrado en Ucrania, de hecho nunca se cierra del todo en ningún lado, el capítulo económico actual resulta por demás preocupante y condiciona en buena medida el accionar de la administración Porochenko.
A abril pasado, la inflación medida anualmente trepaba al 60 por ciento. Las cajas están vacías y el esfuerzo bélico se lleva gran parte del presupuesto.

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