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Rusia: el homicidio de un opositor complica a Putin Destacado

Asesinado opositor liberal Boris Nemtsov Asesinado opositor liberal Boris Nemtsov

La buena fortuna parece que no juega más del lado del presidente ruso Vladimir Putin. El asesinato del opositor y ex viceprimer ministro Boris Nemtsov, en plena calle a pocos metros del complejo del Kremlin, resulta una complicación de la que no se sale sin costos.


Junto con el homicidio de Nemtsov, Putin debe enfrentar una reacción cada vez más intensa por parte de Occidente –al menos de una parte- que parece no estar dispuesta a soportar nuevas "chicanas" o "triquiñuelas" del hasta ahora todopoderoso amo de Rusia en el asunto ucraniano.
Todo ello en un contexto de dificultades económicas, alta inflación y estancamiento de la producción que puede hacer cambiar el ánimo de los rusos que, hasta no hace mucho, apoyaban a Putin de manera aplastante.
El 24 de febrero de 2014, el secretario de Estado de los Estados Unidos plantó bandera. Ese día, John Kerry acusó a los dirigentes del gobierno ruso de "mentir mirando a los ojos", para luego emitir una definición tajante: "para nosotros, el movimiento separatista (en el este de Ucrania) es una extensión de facto del Ejército ruso y un instrumento de la potencia nacional rusa".
Cuando los parlamentarios, ante quienes exponía, le preguntaron a Kerry si el gobierno ruso mentía cuando negaba la presencia de armas y soldador rusos en el este ucraniano, Kerry contestó con un lacónico y terminante "sí".
Después agregó que Rusia lleva adelante "el más manifiesto y el más importante ejercicio de propaganda desde la Guerra Fría".
Kerry rompía así una inercia norteamericana en la cuestión ucraniana. Ruptura que no estaba en los planes de Putin y cuya consecuencia más importante aún está por verse: la entrega de armas norteamericanas al Ejército ucraniano.
Pareció, de entrada, que el presidente ruso estaba en condiciones de aguantar la embestida. Amparado por la iniciativa de paz franco-alemana que llevó al acuerdo de Minsk de cese el fuego, su habitual doble juego –y doble discurso- se abriría paso una vez más.
Es decir, por un lado, hablar de paz, y por el otro, continuar con la guerra a través del suministro de armas, combatientes y material a los separatistas.
Es más, Putin apuesta sobre la debilidad europea y esa apuesta, la ancla en su sed de revancha frente a la propia Europa. Porque fue Europa, y no Estados Unidos, quien alimentó el cambio de dirección geopolítica de Ucrania. Desde ya que Putin, como buen autócrata, desprecia la voluntad popular de los ucranianos. Y, en todo caso, la sustituye por la de los separatistas pro Rusia.
En cuanto a esa debilidad, tiene en claro la escala europea que sitúa a los bálticos y Polonia en la actitud más dura; a los británicos un escalón por debajo; a los franceses a media máquina; a Angela Merkel, tironeada; a Italia, componedora y a los griegos, ahora pro Rusia.
Pero, además, Putin interpretó lo de Kerry solo como mera retórica. Después de todo, Estados Unidos precisa de Rusia en el diálogo nuclear con Irán y Rusia es el canal indirecto para comunicarse con el dictador sirio Bashar Al-Assad en la coordinación de la lucha contra Estado Islámico.
De allí que nuevamente encarceló –solo por unos días- al opositor Aleksei Navalny; alentó una movilización ultra nacionalista y anti ucraniana por las calles de Moscú y ordenó maniobras militares rusas, próximas a la frontera con Letonia.
Pero, el mundo se vino abajo con el asesinato del ex vice primer ministro Boris Nemtsov ocurrido el 27 de febrero pasado, a escasos cien metros del complejo histórico del Kremlin donde funcionan las oficinas de la presidencia de Rusia.
Allí todo cambió. Primero, porque la comunidad internacional asigna a Putin la responsabilidad del homicidio, sino penal, al menos política. Segundo porque dio aire a la oposición interna en la propia Rusia: miles de personas se movilizaron con el cortejo fúnebre de Nemtsov.
Tercero porque se rompió el mito de la "estabilidad" rusa o putinesca. Y cuarto, porque todo ello ocurre cuando la economía rusa está estancada, los puestos de trabajo corren peligro, la inflación galopa, el precio del petróleo continúa muy bajo y los capitales huyen del país.
Es, sin dudas, el peor momento de Putin. A tal punto que debe recurrir a pobres medidas propagandísticas –como la reducción de su salario y la de algunos jerarcas del gobierno- para tratar de retomar la iniciativa.
Pero, no hay caso. Lo de Nemtsov trae cola y no baja de la primera plana de los diarios rusos y del mundo. De momento, la "creatividad" oficial rusa inventó, como culpable del asesinato de Nemtsov, una conexión chechena.
En una entrevista publicada en el diario Komsolomolsk Pravda, una "fuente" del FSB, el servicio de inteligencia ruso, vincula esa conexión chechena con el gobierno ucraniano.
Un ex policía checheno confesó el crimen. Nadie le creyó. Primero, porque unos días después del arresto, Putin condecoró al presidente pro Rusia de Chechenia, Ramzam Kadyrov quien, casualmente, pocas horas después del arresto de policía Zaur Dadaiev -el confeso culpable-, calificó públicamente a Dadaiev de héroe de Rusia...
Segundo, quizás porque tomó conciencia de la gravedad del crimen, Dadaiev se arrepintió de su confesión y declaró, ante dos miembros de la Comisión de Derechos Humanos que lo visitaban, que fue torturado para auto incriminarse.
Junto a Dadaiev, otros cuatro sospechosos están arrestados, todos ellos provenientes del Cáucaso.
Curioso, lo de los chechenos. Nemtsov era un defensor de los musulmanes, en general, y de los chechenos en particular, frente al gobierno central y la represión de Rusia. De allí que si los culpables son los encarcelados, todo se parece demasiado a un crimen por encargo. Claro ¿Encargo de quién?
Boris Nemtsov, 55 años al momento de su fallecimiento, fue gobernador del oblast –provincia- de Nizhny Novgorod entre 1991 y 1997. Luego fue ministro de Combustibles y de Energía del gobierno ruso en 1997 y vice primer ministro entre el 97 y el 98.
Varias veces diputado, era doctor en ciencias físico-matemáticas y un opositor acérrimo, no solo de Putin, sino de la guerra en el este ucraniano. Fue un liberal que pretendía, para Rusia, un estado de derecho.
A la fecha, los ímpetus putinescos parecen estar calmados. Muy buen político, Putin sabe que no está en condiciones de redoblar las apuestas. Que llegó el momento de desensillar hasta que aclare.
De allí que solucionó, al menos momentáneamente el problema del abastecimiento de gas a Ucrania y, por ende, a Europa. Que no reaccionó frente al estacionamiento de 3.000 soldados norteamericanos en los países bálticos. Ni contra la organización de una fuerza de reacción rápida de la OTAN en las fronteras con Rusia.
Y, sobre todo, por primera vez, sus amigos "separatistas" cumplen con la condición del retiro de las armas pesadas de la línea del frente en Ucrania.
Es más, pese a las desmentidas de su vocero, durante una semana, Putin no fue visto en público e, inclusive fue publicada una fotografía de un encuentro con mujeres rusas por el día de la mujer que fue tomada tres días antes.
Pero además suspendió sin explicaciones un viaje a Kazajstán y la firma de un tratado de integración con Osetia del Sur, la república independizada unilateralmente de Georgia. Finalmente reapareció el 13 de marzo para recibir el presidente de la Corte Constitucional.
Tal vez, la salud de Putin se resintió ante el mal momento para su gobierno. En todo caso, parece llegado el momento de "la buena letra". Veremos hasta cuando...

 

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