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Rusia: del éxito a los malos momentos para Putin Destacado

Vestigios del ataque de los separatistas chechenos en Grozny Vestigios del ataque de los separatistas chechenos en Grozny

La economía, Ucrania, Chechenia y el gasoducto South Stream conforman cuatro temas centrales para encuadrar a un gobierno ruso que entró en fase defensiva luego de meses de iniciativa política.


Y como siempre ocurre con los gobernantes autoritarios, el presidente Vladimir Putin, en lugar de asumir la responsabilidad, decidió echar culpas afuera: en esta oportunidad, a Occidente.
Habló de los "amigos americanos que actúan, velada o abiertamente, sobre nuestras relaciones con nuestros vecinos". Y después está Europa "con la que no existe diálogo", aunque cuatro días después se reunión con el presidente francés Francois Hollande en el aeropuerto de Moscú.
Para el presidente ruso, Estados Unidos y Europa conforman un bloque hostil que impuso a Rusia sanciones "nocivas para todo el mundo". "Y no se trata de una reacción nerviosa con relación a la primavera de Crimea. Habrían inventado otra razón para detener las crecientes posibilidades de Rusia".
Putin que se dirigió por undécima vez en dos años y medio a la nación, intentó encuadrar la crisis que se abate sobre Rusia. Dijo, además, que si "se los hubiese dejado hacer –a los occidentales- nos hubieran conducido hacia un escenario de desintegración, a la yugoslava".
Al hablar ante las Cámaras Legislativas, Putin se colocó ropaje de héroe. No solo porque detuvo la eventual desintegración planeada por los occidentales sino porque "cada vez que alguien estima que Rusia está fuerte y es independiente, los mecanismos para frenarla se activan".
Después, plegó alas. Dijo que no seguiría nunca la vía del aislamiento, ni la de la xenofobia, ni de la sospecha, ni la de la búsqueda de enemigos. Y agregó, en el mejor estilo Putin, que todas ellas conformaban manifestaciones de debilidad, "en cambio nosotros estamos fuertes y tenemos confianza en nosotros mismos".
De todo el discurso, con objetividad, lo único que surge es que Rusia está en crisis. Y aunque Putin no lo diga, las crisis son responsabilidad de quienes gobiernan. Siempre listos para adjudicarse los éxitos, sobran quienes jamás reconocen sus fracasos.
La popularidad de Putin, hasta la última encuesta, andaba por las nubes. Veremos ahora. Pero, si entre los votantes era muy alta, en los mercados la desconfianza era total.
Desde hace meses, el rublo –la moneda rusa- se deprecia frente al dólar y al euro. Es consecuencia, precisamente, de la falta de confianza que conduce a la salida de capitales y, por tanto, a la presión por la adquisición de divisas.
El cálculo del propio gobierno –por definición, conservador- sobre la dimensión de la huida de capitales alcanza a 125 mil millones de dólares para el presente año y a 90 mil millones para el próximo.
En un año, el rublo perdió dos tercios de su valor y en la última semana, un 6,5 por ciento. Luego de vender miles de millones de dólares para fracasar en el intento de frenar la caída del rubro -30 mil millones en el solo mes de octubre- el Banco Central ruso anunció que cesaba su participación en el mercado.
Tarde, debió reconocer que la caída de divisas, por la política suicida de no reducir los gastos, plantea un problema de estabilidad financiera. De su lado, Putin insistió en que se trata de maniobras de conocidos especuladores. Es decir, los malos que atacan a los buenos.
Pero, los malos no son tan malos y si lo son, siempre se los puede perdonar... sobre todo cuando se los necesita. Así, Putin ofreció una amnistía total para los que repatríen sus capitales.
Cierto es que la salida de capitales coincidió con la aventura en Crimea, tan cierto como que ambas cosas debieron ser evaluadas por el gobierno ruso. Cierto es que la crisis se agravó con las sanciones europeas y norteamericanas. Algo que también debió haber sido evaluado previamente.
Pero, la gran caída provino de la reducción de los precios internacionales del petróleo. Y es dicha caída la que demuestra la debilidad de la economía rusa que desmiente la fortaleza a que hace alusión Putin.
Es que Rusia depende de sus exportaciones de gas y petróleo. Y una cosa es con el barril de petróleo a más de 110 dólares de cotización y otra con el barril a poco más de sesenta, con riesgo de bajar aún más.
Fue para Rusia un "se acabó lo que se daba" como lo fue para otras economías basadas exclusivamente en sus exportaciones petroleras.
¿Si se podía haber previsto? Claro, siempre se puede con un fondo anti cíclico, por ejemplo. Pero eso implica ahorrar y no gastar. Entonces no se deben organizar Juegos Olímpicos de Invierno, ni carreras de Fórmula 1, ni Campeonatos Mundiales de Fútbol. Hay que priorizar la inversión productiva por sobre el gasto "de prestigio".
De cualquier forma, nadie puede negar que, más allá de la retórica, frente a los problemas, Putin ni huye, ni los ignora.
Así para dar vuelta el panorama actual se comprometió en otorgar exenciones impositivas a las empresas, en la citada amnistía para la repatriación de capitales, en la duplicación de la construcción de carreteras y en un recorte del cinco por ciento del gasto público.
Sobre este último punto, habrá que ver donde lleva a cabo los recortes. Si en los gastos superfluos o en cuestiones sociales.
Pero, Putin no abordó uno de los problemas centrales que hacen a la salida de capitales: la corrupción. Tampoco a las expropiaciones como la de la petrolera Bashneft. Se trata de temas que redundan en reticencias a la hora de las inversiones.
Origen no único y razón de la profundización de la crisis rusa es la aventura ucraniana. Después de muchos éxitos, hoy el gobierno del presidente Putin paga las consecuencias. Las paga por el lado de la economía, pero ese costo le impide continuar con operaciones militares.
Es que mientras Estados Unidos y la Unión Europea sostienen buena parte del esfuerzo militar ucraniano, es Rusia quién financiaba casi íntegramente las operaciones de los separatistas.
Cuando el gobierno ucraniano cerró el grifo de sus remesas a las zonas en conflicto –salarios, jubilaciones, etcétera-, de la factura debió hacerse cargo Rusia que agregó gastos civiles y administrativos a los gastos militares.
Es demasiado para el momento. Y entonces comienza la presión sobre los separatistas para que lleguen a algún entendimiento. No solo para descargar parte del gasto militar sino para intentar una aproximación que lleve a Occidente a levantar algunas sanciones.
Fue así que militares de los dos bandos llegaron a acordar una tregua que comenzará el 09 de diciembre. La tregua puede ser solo una tregua más, pero las declaraciones al respecto de los separatistas adoptaron un tono pacífico como nunca antes.
Nadie entendió muy bien el porqué del 09 de diciembre, pero mientras tanto se trata de luchar y no perder terreno. Y hasta si es posible ganarlo. De allí que los combates se centren en torno del aeropuerto de Donetsk que los separatistas, con apoyo ruso, nunca lograron tomar.
Y mientras se combate en el este ucraniano y los cadáveres de soldados rusos llegan a sus familiares –un punto siempre a tener muy en cuenta-, resurgió el accionar militar de los rebeldes chechenos.
Combatieron en el centro de Grozny, la capital chechena, y combatieron con la ferocidad que los caracteriza y que todo el mundo reconoce.
Los combatientes tuvieron tiempo de lanzar una proclama. Así se supo que forman parte del principal grupo de resistencia, el Emirato del Cáucaso, cuyo jefe es su nuevo dirigente Ali Abud Muhamad.
Desde el 2007, un protegido de Putin, el checheno Ramzan Kadyrov dirige, con mano de hierro, el país, englobado dentro de la Federación Rusa. Por el reciente ataque, echo la culpa sobre tres diputados ucranianos. No fue fantasioso, fue la clásica sobreactuación de quien trata de quedar bien con el jefe, es decir con Putin.
El ataque no constituyó un hecho aislado dado que la actividad beligerante venía "in crescendo" en los últimos meses. Todo parece indicar que recomienza un ciclo de violencias.
Pero, la aparición de Estado Islámico en Siria e Irak, cambió radicalmente la cuestión porque, precisamente, los mejores combatientes dentro de las filas de Estado Islámico son los chechenos.
A tal punto que uno de ellos, Omar Al-Chichani –Omar el Checheno-, nombre de guerra de Tarkhan Batisahvili –un apellido de origen georgiano-, con solo 28 años de edad, se erigió como el jefe de operaciones de Estado Islámico y demostró sobre el terreno sus dotes de comando y de estrategia.
La brigada chechena es la mejor entre las tropas de Estado Islámico, además de una de las más antigua. Es que la brigada chechena comenzó su lucha en Siria, luego de emigrar desde Chechenia, contra el régimen de Bashar Al-Assad, precisamente porque este último es el aliado de Rusia en el Medio Oriente. La brigada contabiliza 1.500 combatientes.
El ataque a Grozny es una demostración que el Emirato del Cáucaso está vivo y en combate. Su reaparición no se produce en el mejor momento de Putin, sino todo lo contrario.
Difícilmente, podrá argumentar Putin que se trata de una maniobra de Occidente dada la relación estrecha entre el Emirato del Cáucaso y el Estado Islámico. Salvo que, como Kadyrov, no le tema al ridículo.
Queda el South Stream, otra obligada marcha atrás de Putin en la misma semana.
Se trata de un proyecto de construcción de un gasoducto de 3.600 kilómetros que va desde Siberia hasta Austria, una rama, y hasta Italia y los Balcanes, la otra. La peculiaridad del gasoducto es que evitaba el paso por Ucrania, a través de su inmersión en el Mar Negro.
Putin justificó el abandono del proyecto del gasoducto –debía estar en condiciones de operación en el 2016- por la oposición de la Unión Europea a su paso por los estados miembros, en particular, Bulgaria. O sea: culpa de Bulgaria y de la Unión Europea.
Del lado europeo, señalan que la construcción y sobre todo la futura operación del gasoducto no cumplen con la normativa europea sobre la materia.
Pero, además, Europa solo importa de Rusia, un 15 por ciento del gas que consume. Dicho gas llega por tres gasoductos. Uno desemboca en Alemania y se extiende por debajo del Mar Báltico. El segundo, también llega a Alemania y transita por Bielorrusia y Polonia. Por último, el tercero atraviesa Ucrania.
Además del gas ruso, Europa se aprovisiona en Noruega, los Países Bajos y Argelia. Y completa sus necesidades con gas licuado de Argelia y Qatar.
Por tanto, no le hace falta un gasoducto más.
Y está Ucrania. O sea que, de paso, los europeos infringieron una derrota a Putin que no logró su objetivo geopolítico: reemplazar con el South Stream al gasoducto que pasa y que abastece a Ucrania para así convertirla en más vulnerable y más dependiente en materia energética.
Putin reaccionó con la firma de un acuerdo para construir un gasoducto por debajo del Mar Negro que lleve el gas a Turquía. De momento, pura teatralidad.
Porque la verdad hay que buscarla por el lado de la crisis económica que afecta a Rusia.
Abandonar South Stream fue un alivio y una necesidad para el gigante petrolero ruso Gazprom, responsable de la obra, en momentos donde los ingresos disminuyen producto de la caída de los precios del petróleo y su efecto contagio sobre el gas.
Pero, para Putin, aunque no lo admita, fue dar el brazo a torcer. A su alta geopolítica, la venció la pedestre economía.
Fue tragar el sapo, como lo es aguantar la decisión de la Unión Europea de Fútbol de prohibir la participación de clubes de Crimea en el campeonato ruso. Un golpe que hay que asimilar para no perder la organización del Campeonato Mundial del 2018.
Por estos días, la popularidad de Putin comenzó a eclipsarse. Y comenzó con la vieja gran obra de Los Beatles que fue la canción When I'm Sixty-Four, en español, "Cuando tenga 64".
En Rusia, se la entona con el 63. Porque 63 es la edad que cumplirá Putin en el 2015. Y 63 es el precio que se calcula para el barril de petróleo. Y también 63 es el cálculo que se hace sobre el valor de dólar que hoy se sitúa en 53 rublos.
Las bromas sobre el triple 63, de momento inofensivas, no generan sonrisas en el Kremlin.

Modificado por última vez enMartes, 23 Diciembre 2014 12:48

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