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Rusia: final exitoso de la aventura ucraniana Destacado

Presidentes Petro Porochenko y Vladimir Putin Presidentes Petro Porochenko y Vladimir Putin

Todo parece indicar que la consigna actual es dar vuelta la página con la cuestión ucraniana, aunque las razones para hacerlo difieren según se trate de occidentales, de ucranianos o de rusos. Las del presidente ruso Vladimir Putin son: objetivo logrado.


Putin sabe que los europeos tiemblan, literalmente, de solo pensar en la posibilidad de no contar con el gas ruso para el invierno próximo a comenzar.
Sabe que, más allá de la retórica nacionalista, el presidente ucraniano Petro Porochenko debe frenar el enfrentamiento armado, donde no tiene chance de ganar y sí de perder aún más territorio.
Los norteamericanos lo contactaron para pedirle su colaboración en la guerra contra el grupo Estado Islámico y, por tanto, Putin deduce, correctamente, que anteponen la situación en Medio Oriente al problema ucraniano.
Y el presidente ruso no ignora que si pretende avanzar más allá en Crimea, ello implica el riesgo de perder todo lo ganado.
Occidente no parece comprender a Putin. Es un hombre nacido para el bronce. Es cuanto dirá la historia rusa sobre él, su casi única preocupación. Es un hombre imperial.
Putin no reconoce ideología. Para él, el imperio de los zares, la Santa Rusia, y la Unión Soviética, equivalen. Forman parte de la grandeza rusa. Por tanto, en recrear esos imperios radica su norte.
De ambos, de la Santa Rusia y de la Unión Soviética, solo un elemento los diferencia de la pretendida recreación de Putin. Es la inclusión de pueblos no rusos.
Putin no va incorporar ningún pueblo que no sea ruso. Ya no son tiempos de colonialismo. Eso no significa que dejará que los no rusos, incluidos en la Rusia actual, abandonen la Federación. Ni tártaros, ni chechenos, por citar solo dos etnias, accederán a la independencia.
Sí en cambio continuará intentando, allí donde las condiciones se den, recuperar espacios que fueron de la Unión Soviética y que quedaron fuera de la actual Federación Rusa con la implosión del estado comunista.
La cuestión implica un estado de alerta permanente para las repúblicas independizadas en 1991.
Es cuanto ocurrió en Ucrania, primero con Crimea y luego con Donetsk y Luhansk. Es lo que ocurrió en Moldavia, con Transnistria. Y es lo que ocurrió en Georgia con Abjasia y con Osetia del Sur, si bien estos dos últimos territorios no están poblados por rusos.
Cuando tanto Georgia, como Moldavia y Ucrania posaron su vista y sus intereses en Occidente, Putin los seccionó, los amputó.
Por supuesto que las sanciones de los occidentales hacen mella sobre la economía rusa y que, por tanto, constituyen una razón de ser para parar en Ucrania –parar, no retroceder- pero el gran freno son las madres de los soldados caídos.
Las madres comenzaron su existencia como entidad tras la primera guerra de Chechenia. Desde entonces reclaman por sus hijos muertos en acciones de combate no del todo legales. Ahora, piden por la verdad sobre los soldados rusos muertos en Ucrania, que el gobierno oculta.
Putin jamás reconoció, pese a todas las evidencias de los militares sin insignias, la presencia de tropas rusas en Ucrania. Los reclamos de las madres es el elemento que desnuda la verdad. Por tanto, la presencia militar necesaria, en su momento, para frenar la reconquista de Luhansk y Donetsk por el ejército ucraniano, debe finalizar.
Junto con los presidentes de Bielorrusia, Aleksandr Lukashenko, y de Kazajstán, Nursultán Nazarbayev, Putin formó el mercado común de la Unión Euroasiática, una unión que será de gran magnitud si logra incorporar, como Putin pretende, a China.
En Minsk, capital de Bielorrusia, a Nazarbayev lo felicitó por haber logrado llevar adelante un estado, cuando los kazajos jamás contaron con él.
El 24 por ciento de la población de Kazajstán es étnicamente rusa. Por tanto, el mensaje a Nazarbayev se puede interpretar como una advertencia sobre lo ocurrido cuando Ucrania decidió cambiar de bando.
El sueño imperial de Putin no acaba en la re incorporación de territorios. Los Juegos Olímpicos de Invierno, la carrera de Fórmula 1 y el Campeonato Mundial de Fútbol del 2018 forman parte de ese sueño imperial.
De esa Rusia que debe estar orgullosa de su presente y de su historia, aún de los episodios menos edificantes. Así, recientemente, una unidad de policía fue rebautizada como Felix Dzerjinski, en honor al creador de la Cheka, la policía secreta de la primera etapa del comunismo, responsable por miles de crímenes y desapariciones de personas.
Claro que no todo el mundo en Rusia acepta los sueños de Putin. Recientemente, una manifestación de 20.000 personas desfiló por las calles de Moscú exhibiendo banderas ucranianas, en protesta por la intervención rusa.
Pero además están el ex campeón mundial de ajedrez Garry Kasparov, el abogado Alexei Navalny quien en la elección para la alcaldía de Moscú logró el 30 por ciento de los votos, y los millonarios Vladimir Evtuchenkov y Mikhail Khodorkovski, todos ellos opositores. Y todos, salvo Kasparov, acusados en procesos penales.
Khodorkovski, ahora en el exilio, liberado hace 9 meses después de pasar 10 años en prisión, acaba de anunciar que quiere ser presidente de Rusia. Su partido político recién fundado se llama Rusia Abierta. Dinero tiene.
Todo lo bien que le va a Putin en sus sueños imperiales –a juzgar por las encuestas que lo ubican con más de 75 por ciento de aceptación- corre serios riesgos de diluirse si la economía rusa continúa con problemas.
¿Qué pasa en Rusia? Pues que los capitales abandonan el país; que el rublo –la moneda rusa- pierde valor constantemente; que la inflación crece; y que la economía no crece.
Pero el golpe más duro proviene de la caída de los precios del petróleo. Cuando Putin introdujo subrepticiamente sus soldados en Crimea, los precios internacionales del crudo orillaban los 108 dólares, ahora los 78 por barril.
Es demasiado. El propio ministro de Economía, Alexei Uliukaiev, confesó estar alarmado por la situación explosiva de la economía rusa.
Con la caída del rublo, las importaciones se encarecieron en un 20 por ciento. Con la caída del precio del petróleo, los ingresos disminuyeron. En cuanto a la inflación ya supera el 8 por ciento anual, nivel intolerable para los standards internacionales.
Frente a la crisis, los rusos tratan de salvar sus ahorros convirtiendo sus devaluados rublos en dólares o euros. El Banco Central ruso ya lleva inyectados al mercado 55.000 millones de dólares para frenar la caída del rublo, pero no consiguió nada.
Las reservas de 450 mil millones de dólares evitan la alarma general. Pero la salida de 125 mil millones como fuga de capitales del país, la enciende.
Según el Fondo Monetario Internacional, la economía rusa está estancada. La previsión de crecimiento para el presente año es de solo el 0,2 por ciento y del 0,5 por ciento para el próximo.
Guarismos catastróficos para uno de los países "vedette" del BRICS –Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica-, acostrumbrado hasta no hace mucho a tasas del 7 al 8 por ciento anual.

Modificado por última vez enViernes, 19 Diciembre 2014 17:11

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