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Gran Bretaña: el tironeo entre Europa y Escocia Destacado

Triunfador Nigel Farage Triunfador Nigel Farage

¿Gran Bretaña forma parte de Europa? Es una pregunta con respuesta doble. Sí y no. Que son isleños. Que no son continentales. Suelen ser algunas de las respuestas más frecuentes. No obstante, el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, tal el nombre oficial del Estado, nunca dejó de tener participación en los asuntos europeos, como lo prueba su participación en las dos guerras mundiales, aún si su vocación marítima no puede ser desconocida.

 

La introducción viene al caso tras el sonoro triunfo del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) en las recientes elecciones europeas del 25 de mayo de 2014.

El UKIP logró entonces el 27,5 por ciento de los votos y adelantó a los tradicionales Partido Laborista con 25,4, Partido Conservador con 23,9, Verdes con 7,8 y el desastre de los liberales-demócratas, socios en el actual gobierno y los más pro europeos, con solo el 6,8 por ciento.

Nigel Farage, el líder de UKIP, había prometido un “temblor de tierra electoral” y sobrevino.

Obviamente, de aquí en más, todos los partidos girarán, en distinta medidas, hacia un euro escepticismo. Al respecto, el primer ministro conservador David Cameron, ya hace tiempo, prometió la realización par el 2017 de un referéndum sobre el mantenimiento o no de Gran Bretaña dentro de la Unión Europea.

Claro que el triunfo de Farage y del UKIP no debe ser atribuido únicamente a un sentimiento anti continental. En rigor fue un voto anti inmigración. Que también puntualiza el rechazo de la inmigración interna entre ciudadanos de países que integran la UE.

El voto anti inmigración queda probado además por el resultado de las municipales que se llevaron a cabo cuatro días antes que las europeas. Allí, no estaba en juego Europa y también se impuso el UKIP.

¿Quién es Nigel Farage? Desde ya que, junto con la francesa Marine Le Pen, es la figura sobresaliente de la elección europea. Y, en rigor, debería estar muerto. No, no se trata de un deseo, sino de una increíble salvación. El 6 de mayo de 2010, el día en que David Cameron gana las elecciones, el pequeño avión que conducía al candidato Nigel Farage se estrella en el centro de Inglaterra. El pasajero es retirado de la carcasa, solo con rasguños, por los lugareños.

Inmodesto, Farage, que en aquella elección no logró hacer elegir ningún diputado por el UKIP, declaró tras el accidente: “creo que esto les aporta la prueba que soy inmortal”.

Luego fue electo diputado europeo y en el sorteo de la banca, le tocó justo la de al lado de la del presidente de la Comisión Europea, el portugués José Manuel Barroso. Para que nadie lo confunda, sobre su banca europea “flamea” una banderita británica.

Es francamente demagogo. Con un fotógrafo merodeando, siempre estalla en risas – poco que ver con la flema británica -, se procura una cerveza y posa como “un británico más”.

Ideológicamente, es un liberal. Más que un liberal, un libertario que abomina del poder del Estado y que idolatra a Margaret Thatcher. Fuma, porque le gusta claro, pero además para desafiar las regulaciones existentes.

Y Farage tiene cercado a Cameron quien antes calificaba a los electores del UKIP de racistas y locos y ahora ya no los insulta porque, casi todos, son conservadores desencantados de su dubitativa conducta frente a Europa y de su no muy profundo rigor fiscal.

¿Formará un bloque con Marine Le Pen en el parlamento europeo en Estrasburgo? Seguramente no. Muchas cosas los unen. Ambos admiran a Vladimir Putin, vilipendian la burocracia de Bruselas, denuncian la inmigración y la apertura de fronteras como causales de la desocupación, pero Farage no es un antisemita, ni un racista, ni un nacionalista extremo. Se pretende un liberal, aunque acuse a búlgaros y rumanos de “venir a tomar los empleos de los británicos”.

Una última y muy controvertida definición sobre Farage que circula por Estrasburgo dice que Farage es el clown populista italiano Beppe Grillo caído en un Tea-Party a la americana con el acento refinado de un conservador inglés.

Por su lado, el primer ministro David Cameron, con un artículo firmado por él mismo y publicado en 28 diarios europeos, salió hábilmente a colocarse del lado de los euro escépticos. Su matiz fue sí a Europa pero no a esta Europa.

Para fortalecer sus argumentos, Cameron personaliza. Esa Europa que ahora él no quiere tiene nombre y apellido. Se llama Jean Claude Juncker. Fue primer ministro de Luxemburgo y es el candidato de los conservadores que constituyen el grupo más numerosos dentro del Parlamento Europeo. No de todos los conservadores. De Cameron, no ¿Bloqueará Cameron a Juncker? Difícil. Pero se acerca a los circunstanciales votantes de la UKIP.

Pero no en toda Gran Bretaña ganó el UKIP. No ganó previsiblemente en Londres, ciudad internacional por excelencia en función de su actividad como plaza financiera mundial. Y no ganó en Escocia, porque en Escocia muchos quieren ser europeos. Gran parte de esos muchos, lo que no quieren ser es súbditos británicos.

El 30 de mayo de 2014 comenzó oficialmente la campaña electoral para el referéndum sobre la independencia escocesa que se llevará a cabo en octubre próximo. Cuatro millones de escoceses, aproximadamente, se pronunciarán sobre la continuidad del Union Act que unificó a Inglaterra y Escocia, hace 307 años, en 1707.

De momento gana el no – contra la independencia- pero las diferencias no paran de achicarse a favor del sí. La clave radica en convencer, para un lado o para el otro, que el nivel de vida mejorará o todo lo contrario.

Alex Salmond, el primer ministro independentista escocés, asegura que Escocia independiente será uno de los países más ricos del mundo, fundamentalmente, gracias al petróleo y el gas del Mar del Norte.

El cálculo que hace circular Salmond es que con la independencia, cada escocés ganaría 1.000 libras suplementarias -1.230 euros- por año. El gobierno británico de David Cameron no niega lo anterior. Pero, contraataca con los gastos de los que deberán hacerse cargo los escoceses. Por ejemplo, las inversiones en servicios públicos.

El Partido Nacionalista Escocés de Salmond (PNE) quiere conservar la monarquía y la moneda. La réplica del gobierno británico es independencia igual a adiós a la libra esterlina. Pero eso es un argumento de escaso valor. Panamá y Ecuador usan el dólar como moneda de uso legal sin necesidad de pedirle permiso a nadie. Claro, no pueden emitir.

La victoria del UKIP anti europeo mejoró las perspectivas de los nacionalistas escoceses. Contrariamente a Inglaterra e incluso a Gales –donde avanza lentamente el independentismo del partido Plaid Cymru (en galés, Partido Galés)-, en Escocia, el sentimiento anti europeo no prende. Por el contrario, asusta a muchos.

La mala noticia para los independentistas es el buen funcionamiento actual de la economía británica. Buen funcionamiento que no se limita a lo macroeconómico, sino que alcanza a los sectores más postergados.

Es que el desempleo cayó a 6,6 por ciento, el nivel más bajo desde enero del 2009. Es la gran carta de Cameron.    

Modificado por última vez enDomingo, 30 Noviembre 2014 14:30

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