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Irak: con la caída de Tikrit, Estado Islámico pasa a la defensiva Destacado

Saqueos en Tikrit Saqueos en Tikrit

Hace casi un año, el 29 de junio de 2014, el grupo djihadista Estado Islámico proclamaba el Califato en la ciudad de Mosul, con Ibrahim como califa de todos los musulmanes. Un año después, su avance trocó en retroceso, tras aquella fulgurante ofensiva de mediados del 2014.


El djihadismo –la guerra santa- expresa una corriente extremista del islam que fue sostenida financieramente, durante mucho tiempo, por Arabia Saudita y los estados del Golfo y operativamente por Pakistán.
Fue la época del combate contra la Unión Soviética en Afganistán y de la posterior guerra civil en ese país hasta el triunfo Talibán con el apoyo de Al Qaeda. Los Talibán nunca proclamaron el Califato ni nada que se le parezca, pero operaron un cambio sobre la sociedad a partir de la aplicación de un islam rigorista.
Actualmente, las banderas del islamismo fundamentalista son sostenidas por dos vertientes del extremismo. Por un lado, Estado Islámico (EI) y por el otro, el Frente Al-Nosra que opera en Siria y está vinculado a Al Qaeda.
Luego existen otros grupos como Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), desarrollado básicamente en Yemen; los Shebab, en Somalía; Boko Haram, en Nigeria; y Al Qaeda para el Maghreb Islámico (AQMI).
Ninguno, salvo los Shebab y los Talibán en su momento, dominaron territorio como sí lo hace el EI en Irak y en Siria.
El veloz avance de EI, en particular en Irak, convenció a miles de djihadistas en potencia que la victoria estaba al alcance de la mano y hacia allí partieron, persuadidos por el hábil manejo de las redes sociales.
Un año después, la situación dista mucho de aquel paseo triunfal imaginado. Los bombardeos aéreos de la coalición encabezada por Estados Unidos impiden la concentración de tropas y material como para proseguir el avance.
Asimismo, buena parte de los pozos de petróleo conquistados fueron puestos fuera de "servicio" por el bombardeo y, por ende, los recursos financieros comenzaron a disminuir.
Los Kurdos del norte irakí lograron estabilizar un frente de casi mil kilómetros sobre los que el EI no puede avanzar. Las milicias shíitas, sostenidas por Irán, reconquistaron Tikrit, una ciudad sunita, cuna del ex dictador Saddam Hussein.
Ya no se trata de una guerra ofensiva sino, como en algún momento fue catalogada por el Pentágono norteamericano, de una guerra de usura cuyo resultado final ocurrirá en el largo plazo.
Lo cierto es que el EI ya no cambiará el mundo como se propuso y, ni siquiera, cambiará el mapa del Medio Oriente, al menos a través de su presencia como Estado con territorio, población y gobierno.
Sí, por supuesto, el mapa puede cambiar con un acceso de los Kurdos a la independencia o con la partición de Irak en tres estados, uno kurdo, uno shiíta y otro sunita, pero difícilmente quede espacio para un estado del Califato.
Además, Califato, por definición, significa autoridad sobre todos los musulmanes, al menos sobre los sunitas, no el mero dominio de un enclave por más extenso que fuese.
De a poco, algunas tribus sunitas, que no vieron con malos ojos la llegada del EI frente al predominio shiíta del gobierno instalado en Bagdad, la capital del país, cambian de bando. Es la consecuencia de la sumatoria de las dificultades de EI para continuar con la ofensiva y del rechazo a su extremismo.
No obstante, no son pocos los sunitas que se sumaron a las filas del EI y buena parte de ellos son ex militares del Ejército de Saddam Hussein, dados de baja por la ocupación norteamericana, y ex militantes del Partido Baas, disuelto tras la caída del dictador.
Es el caso del famoso Izzat El-Duri, el ex número dos del gobierno de Saddam Hussein, que acaba de ser dado por muerto por enésima vez. Su cabeza había sido puesta a precio por los norteamericanos en un valor de 10 millones de dólares.
El-Duri fue uno de los militares que se unieron al EI, que ayudaron a la toma de Mosul y que enseñaron el manejo del armamento pesado que los fundamentalistas capturaron en su avance arrollador de hace un año, cuando el nuevo Ejército irakí se derrumbaba ante el embate.
Ocurre además que los gobiernos irakíes, tanto el anterior de Nuri Al-Maliki como el actual de Haider El-Abadi, son gobiernos preponderantemente shiítas que se apoyan, particularmente, en Irán.
Si bien el de El-Abadi suele ser mucho más moderado frente al de Al-Maliki, su vinculación con Irán se hace presente cada vez que hace falta tomar posición. Es una falta de equilibrio que empujó a gran parte de la comunidad sunita, ubicada geográficamente en el centro del país, a plegar filas con el djihadismo.
El-Abadi no dejó de criticar, por ejemplo, la actuación de Arabia Saudita en Yemen, ni se privó de aceptar instructores de las brigadas Al-Qods iraníes, un grupo especial de la Guardia Revolucionaria iraní, para entrenar a las milicias shiítas, armadas y financiadas por Irán.
Es más, la presencia iraní es tal que el jefe de la brigada Al Qod, el general iraní Qassem Soleimane fue, aparentemente, herido de gravedad como consecuencia de un atentado suicida perpetrado por terroristas del EI en la ciudad de Samarra. Algo que no fue confirmado pero tampoco desmentido por Irán o por el gobierno irakí.
Un reciente atentado contra un hotel de Bagdad, reivindicado por el EI, fue "justificado" por los terroristas debido a la presencia en ese hotel de combatientes iraníes de Al Qod.
Pero, sin dudas, la reconquista de Tikrit por parte de las milicias shiítas fue el punto de inflexión de la ofensiva fundamentalista. Representó la primera derrota en territorio irakí aunque el EI ya había sido desalojado de Sinjar, territorio yazidí, por las fuerzas Peshmergas kurdas.
Tal vez por ello, en otro acto de crueldad de difícil parangón, el EI dio muerte a 300 yazidíes según informaron el Partido del Progreso yazidí y el vicepresidente de Irak. Loa yazidíes conforman una comunidad cuya creencia religiosa es una forma ecléctica de varias religiones, entre ellas el zoroastrismo. Totalizan cerca de medio millón de personas, la mayoría de las cuales vive en el norte de Irak.
Tikrit en Irak equivale a Kobane en Siria. Es el final de la ofensiva. De aquí en más, el EI tal vez logre algún éxito parcial aquí o allá, pero ya no resulta imaginable, como meses atrás, una "blitzkrieg" –guerra relámpago- que lo condujese hasta Bagdad mismo.
El problema es que Tikrit, ciudad sunita por excelencia, fue recapturada por shiítas y eso significó pillajes e incendios, al punto que el gobierno ordenó el retiro a las milicias ante la exigencia de Estados Unidos que llegó a amenazar con detener los bombardeos aéreos.
Según un informe de la Secretaría de Defensa de los Estados Unidos, Estado Islámico ya perdió, aproximadamente, un treinta por ciento del territorio que llegó a dominar en agosto de 2014. En términos de superficie, equivale a unos 13 mil kilómetros cuadrados.
De momento, los combates se trasladaron a dos suburbios de la ciudad de Ramadi, tomados por el EI, y a la refinería petrolera de Baiji donde el ataque fundamentalista fue repelido.
La contraofensiva irakí se centra en la provincia de Ambar. Para más adelante queda la recuperación de Mosul, la gran ciudad del norte irakí donde residía el Califa Ibrahim –Abu Bakr El-Baghdadí- de quien se dice que fue gravemente herido durante un bombardeo y que difícilmente volverá a estar en condiciones de recuperar el comando de la organización.
Es más, su segundo Abu Alaa El-Afri sería quién ya está al frente de las operaciones y sobre cuya "cabeza" los Estados Unidos acaban de poner un precio de siete millones de dólares.
El-Afri es un irakí, nacido en Mosul, cuyo nombre original es Abdul Al-Qaduli, de aproximadamente 58 años de edad, quien se unió al EI en mayo del 2012 pero quien anteriormente trabajó para Al Qaeda en Irak desde el 2004.
Sobre otros tres jefes del EI existe ofrecimiento de recompensas. Son ellos, el vocero del grupo Abu Al-Adnani, sirio; el georgiano Tarkhan Batirashvili, ex combatiente en Chechenia y emir para el norte de Siria; y el tunecino Tarik Al-Harzi, emir de la región fronteriza entre Turquía y Siria, quien se ocupa de la llegada de combatientes extranjeros.

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