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Afganistán: la apuesta diplomática para la paz de Ashraf Ghani Destacado

De a poco, la burka desaparece De a poco, la burka desaparece

Los atentados continúan en Afganistán. Solo que adquieren nuevas modalidades. Más salvajes por cierto. Como el reciente ataque suicida, en Khost, contra una movilización de varios miles de personas que reclamaban contra la corrupción.


Fueron 17 muertos y 40 heridos, y es el segundo atentado de este tipo. En noviembre de 2014, en la misma provincia de Khost, 50 personas perdieron la vida, por obra de otro atentado suicida, mientras presenciaban un partido de voleibol.
El portavoz habitual de los Talibán salió a aclarar que la organización terrorista no era responsable del atentado. De allí que todas las miradas se dirigieron a la denominada Red Haqqani, muy presente en Khost.
La Red o Clan Haqqani es una organización aliada con los Talibán, pero no integrada. Se trata también de combatientes islámicos, dirigidos por los Haqqani, padre e hijo, Djalaludin y Seraj, respectivamente.
Las estimaciones sobre el total de sus integrantes varían entre 4 mil y 15 mil. Operan en las áreas fronterizas con Pakistán, particularmente la provincia de Khost, donde incursionan y retornan a sus santuarios en el Warziristán del Norte, zona tribal del vecino Pakistán.
Pero tampoco resulta descartable que el ataque provenga de un nuevo actor en el tan difícil de pacificar Afganistán. Se trata de Estado Islámico que intenta hacer pie en el país.
Recientemente, el 16 de marzo del 2015, un ataque de la Fuerza Aérea afgana, terminó con la vida del comandante Hafiz Waheed, sobrino de Abdul Rauf Khadim, muerto en febrero, ambos ex Talibán que prestaron sermón de obediencia al Califato de Estado Islámico.
Hasta ahora, Estado Islámico no reconoció oficialmente la existencia de su rama afgana. No obstante, el grupo comenzó sus operaciones en la provincia de Helmand, también limítrofe con Pakistán aunque, en este caso, en la región de Beluchistán.
Según un adjunto del jefe de gobierno Abdullah Abdullah, Estado Islámico secuestró 31 hombres de la etnia hazzara, musulmanes shiítaz en la provincia de Zabol. El secuestro fue atribuido a dos comandantes talibanes que se pasaron a Estado Islámico.
No son los únicos. La presencia de Estado Islámico, no solo alarma al gobierno afgano, a los Estados Unidos y a los vecinos Irán, Pakistán y China, también preocupa a los propios Talibán, no solo por las deserciones sino por la pérdida de peso específico de su asociado Al Qaeda.
A tal punto esto último que en algunos sitios de Internet vinculados a los Talibán apareció una biografía del inhallable jefe supremo, el mollah Omar, de quién se dice –desmintiendo rumores- que está vivito y coleando y que dirige las operaciones militares. La excusa de la publicación es que cumple 19 años al frente de los Talibán.
Es posible que la sucesión de atentados haya sido la causa de la solicitud del presidente Ashraf Ghani al presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, de ralentizar el ritmo de retirada de los casi 10 mil militares norteamericanos aún presentes en Afganistán.
El mandato actual de los soldados norteamericanos consiste en combatir el terrorismo de Al Qaeda, no a los Talibán, y entrenar al Ejército afgano. En su momento, las tropas de Estados Unidos presentes en Afganistán superaron los 100 mil soldados.
A diferencia de su predecesor, Hamid Karzai, Ghani intenta mantener una muy buena relación con los Estados Unidos.
En su reciente viaje a Washington, en su discurso al pleno del Congreso, agradeció la presencia de los militares y no olvidó –a diferencia de muchos o casi todos los jefes de Estado y de Gobierno que solicitan ayuda- de agradecer al contribuyente norteamericano.
Su presencia y, sobre todo, su actitud, determinaron un cambio de humor del gobierno Obama hacia Afganistán. A tal punto, que el secretario de Defensa, Ashton Carter, anunció su decisión de solicitar al Congreso los fondos necesarios para mantener el Ejército de 352 mil hombres que componen la fuerza militar afgana.
Sin embargo, las cosas no están del todo claras del lado afgano. Antes de visitar Estados Unidos, Ghani nombró otros 16 integrantes de su gobierno, pero aún mantiene vacante el crucial ministerio de Defensa, cuando el invierno termina y comienza la época de combates.
El presidente Ghani ataca el problema Talibán desde distintos frentes. Tiene en claro que la paz solo retornará mediante la negociación ya que resulta imposible una victoria militar absoluta.
Para ello, es central reducir al máximo la capacidad de utilización de santuarios del otro lado de la frontera, en Pakistán.
Hace falta, pues, la cooperación de las autoridades pakistaníes que conservan buenas relaciones, no solo con los Talibán afganos, sino con la Red Haqqani. Dicha relación se materializa a través de los servicios secretos –el ISI- de Pakistán.
Ghani intenta poner fin a 13 años de hostilidades entre ambos países. La tesis del presidente afgano es que sin santuarios, la rebelión Talibán no puede sostenerse y, por tanto, la paz es posible.
Cuenta con la ruptura completa, tras el ataque contra la escuela de la ciudad pakistaní de Peshawar que se llevó la vida de 153 personas, en su mayoría niños y adolescentes, de relaciones entre los Talibán pakistaníes y el gobierno de ese país que, como consecuencia del atentado, reimplantó la pena de muerte y ejecutó a más de 50 condenados.
La diplomacia de Ghani no se limita a Estados Unidos y Pakistán, también aborda China. Porque China representa inversiones.
Economista, Ghani comprende que el terreno económico –fuentes de trabajo, producción, consumo- es otro terreno de lucha contra el fundamentalismo. China mira con entusiasmo las riquezas mineras afganas aún no explotadas.
Se trata de una recuperación de la ruta de la seda, no con caravanas de camellos, sino con criterio geopolítico. Unir el extremo oriente con el Asia Central.
China tiene una pequeña frontera común con Afganistán de solo cien kilómetros en el Macizo del Pamir. Pero, Afganistán representa la entrada del Asia Central y el paso obligado hacia el Medio Oriente.
Pero, además, un triunfo del fundamentalismo islámico en Afganistán traerá aparejado un recrudecimiento de la resistencia uigur en el extremo occidental de China. Los uigures, turco-parlantes y musulmanes, reclaman una autonomía real y hasta la independencia de China.
De allí que para China, Afganistán se convirtió en un país estratégico.
En términos interiores, la modernidad comienza a abrirse paso. Ocurrió, en Kabul, con la reacción durante los funerales de una mujer linchada por una turba que la acusó de quemar un Corán.
La acusación no parece haber sido cierta pero, fundamentalmente, la reacción de los parientes, los amigos de la familia, las mujeres militantes de distintas asociaciones civiles y el gobierno evidenciaron una sociedad, al menos una parte de ella, que no está dispuesta a tolerar los abusos contra las mujeres, ni siquiera en nombre de la religión.
El féretro de Farkhunda, 27 años, la mujer linchada, fue transportado a mano por mujeres, algo que jamás ocurría en Afganistán. Asistieron varios miembros del Parlamento afgano, mientras la multitud presente reclamaba la detención y el juicio de los culpables.
Militantes de derechos humanos aparecieron a la luz pública y el propio presidente Ghani declaró que el acto criminal era contrario a la sharia –la ley islámica- y al sistema de justicia islámico.
Este despertar sobre la libertad regaló un hecho que no pasó desapercibido, a principios del mes de marzo, cuando algunos hombres se vistieron con la burka –el vestido que cubre la totalidad del cuerpo y el rostro de las mujeres, impuesto por los Talibán- para protestar por la condición de las mujeres. Desfilaron por las calles de Kabul sin que nadie los agrediese.
Aunque de manera desigual y lejos de los estándares de las mujeres occidentales, hoy las afganas tienen acceso a la educación, a la salud y al trabajo. Hay mujeres diputados, policías, periodistas y totalizan el 40 por ciento de los alumnos de las escuelas.
Tal vez, el mayor logro de la invasión occidental a Afganistán.

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