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Australia: imprudencias de un primer ministro incontinente Destacado

Primer ministro Tony Abbott y Felipe, duque de Edimburgo Primer ministro Tony Abbott y Felipe, duque de Edimburgo

El primer ministro Tony Abbott, 57 años, escapó a una moción de censura en el Parlamento australiano pergeñada desde su propio Partido Liberal, cuando logró adelantarse y convocar a un voto interno partidario que le garantizó fidelidad por 69 voces contra 31.


La gota que rebalsó el vaso de agua contra Abbott fue la condecoración con el título de Caballero de la Orden Australiana, al duque de Edimburgo, esposo nonagenario de la reina Isabel del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte.
La condecoración permitió a la oposición, pero sobre todo a los propios legisladores disconformes de la Coalición Nacional-Liberal en el poder, de iniciar un procedimiento constitucional de destitución y de reemplazo por otra figura del mismo sector político.
¿Por qué la condecoración produjo semejante conflicto? Porque Abbott demostró una vez más que se corta solo, que no consulta con nadie y que, por momentos, divaga por fuera de los problemas que afectan a Australia, en particular tras la caída de los precios de las materias primas que el país exporta y que motivaron la aplicación de una impopular austeridad.
Además, no son pocos los australianos favorables a un corte de los lazos de unión con la Gran Bretaña y la conformación de Australia como República. Hoy, Australia es una mancomunidad –commonwealth- que reconoce a la reina británica como jefe de Estado, representada en el país por un gobernador.
Abbott trató de enfriar el asunto. Dijo que no iba a dimitir pero que "había escuchado y que había aprendido".
No alcanzó. Para un grupo de legisladores de la Coalición Nacional-Liberal había llegado la hora de cambiar de liderazgo. Una encuesta y una elección así lo indicaban, más allá de la excusa de la condecoración.
La encuesta, publicada por el diario Sydney Morning Herald, mostraba que solo un 34 por ciento votaría por Abbott contra un 50 por ciento que lo haría por el líder laborista, Bill Shorten. Pero, más grave aún para los disidentes, dejaba a la coalición en desventaja de 46 contra 56 por ciento de los laboristas.
Además, y en segundo término, la derrota electoral en el Estado de Queensland –ya se había perdido el de Victoria- que pasó a manos del laborismo encabezado por la nueva primer ministro estadual, Annastacia Palaszczuk.
Pese a sus esfuerzos, Abbott no logró convencer a todos los legisladores de la Coalición y algunos de ellos siguieron adelante con la intención de presentar la moción de censura que tenía muy buenas posibilidades de éxito al sumar los disconformes y la oposición laborista.
Pero Abbott, hábilmente, se anticipó y llamó al voto interno de su partido entre los 100 legisladores –diputados y senadores- con que cuenta.
Si Abbott ganaba, seguir adelante con la moción de censura hubiese culminado con la expulsión de los legisladores rebeldes. Si Abbott perdía, la presidencia y la vicepresidencia del Partido Liberal debían cambiar de manos.
Antes de la votación, Abbott consiguió el apoyo del poderoso ministro de Telecomunicaciones, Malcolm Turnbull, quien era el candidato a sucederlo, aunque otros ministros, como la titular de Relaciones Exteriores, Julie Bishop, se mostraron más enigmáticos.
Turnbull era y es el candidato a la sucesión. Su actuar meditado y moderado atrajo las miradas de los liberales preocupados con los exabruptos de Abbott. Ahora, va a la televisión, y toma distancia de Abbott que nada puede aceptar pues gracias a Turnbull conservó el puesto.
Finalmente, por 69 a 31 Abbott ganó y continúa como primer ministro. Tras el voto, prometió más colegialidad y más consulta, pero en los cinco días siguientes se acumularon hechos y dichos que nuevamente pusieron, nuevamente, al primer ministro en la mira.
Entre los hechos, por un lado, la tasa de desempleo que pasó, en enero, al 6,4 por ciento. No es muy alta, comparada internacionalmente, pero es la más alta para Australia en los últimos 13 años.
Por el otro, el informe de la Comisión Australiana de Derechos Humanos que reveló los problemas psíquicos que enfrentan los niños detenidos junto a sus padres inmigrantes que demandan derecho de asilo.
Entre los dichos, la calificación de "extremismo monstruoso" que usó Abbott ante el Parlamento, al presentar un video secuestrado que portaban dos terroristas que se predisponían, según la policía, a cometer un atentado y la también calificación de "holocausto" a la supresión de empleos durante el gobierno laborista anterior.
En el primer caso, las palabras de Abbott fueron catalogadas como una intromisión sobre la justicia, dado que cualquier jurado se vería influenciado. Por el segundo, recibió una réplica del laborismo dado el tenor del comentario.
No contento, Abbott fue por más. En el Parlamento australiano existe un diputado que cumple la misión de "disciplinar" el bloque oficialista para que funcione en sintonía con el gobierno. Su misión, se traduce del inglés como "látigo". Dicha función era cumplida por el veterano y respetado legislador Philip Ruddock.
De un plumazo, Abbott lo cambió. Razón: no se dijo oficialmente pero es un secreto a voces que Abbott sintió que no fue defendido correctamente por Ruddock. Resultado: el conflicto volvió a las filas oficialistas.
Más allá de los avatares de la política australiana y de la controvertida personalidad del primer ministro, las cuestiones de fondo que afectan la gobernabilidad del país son precisamente, el terrorismo, la inmigración y el desempleo.
El 11 de febrero de 2014, la policía australiana informó que detuvo a dos presuntos terroristas en un suburbio de la ciudad de Sydney. Aseguró que ambos preparaban un ataque inminente contra un blanco que no fue especificado.
El país vive en alerta permanente como consecuencia de la participación australiana en la lucha contra Estado Islámico en Irak y Siria.
Más aún tras el secuestro por parte de un "lobo solitario" –un terrorista que actúa en solitario- de 17 clientes y empleados de una cafetería en la zona financiera de Sydney, en diciembre de 2014, que se saldó con el secuestrador –un australiano nacido en Irán- muerto junto con dos clientes y otros seis, heridos.
Australia nunca, en su historia, había sufrido un atentado terrorista, aunque varios posibles intentos fueron desarticulados a tiempo. Por otra parte, los servicios de inteligencia viven pendientes de los australianos que combaten en Medio Oriente en las filas de Estado Islámico.
Desde suicidas que hacen detonar bombas hasta verdugos que decapitan soldados, los terroristas de nacionalidad australiana que combaten por Estado Islámico suman más de cien. Su eventual retorno a Australia es la principal preocupación.
Del lado de la inmigración, el citado informe de la Comisión Australiana de Derechos Humanos produjo una reacción airada del primer ministro Abbott que acusó a sus integrantes de parcialidad a favor del laborismo.
Abbott señaló que nada dijo la Comisión frente al gobierno laborista anterior y que, durante su gestión, el número de niños detenidos había disminuido.
En 2013, Australia recibió 24.300 solicitudes de asilo que representa el 4 por ciento del total mundial. Las solicitudes se presentan después de la llegada por mar de los refugiados.
En su mayoría, provienen de Afganistán, Birmania, Irak, Irán o Sri Lanka. Todos argumentan que sus vidas están en peligro. En realidad, la mayor parte huye de la pobreza y de la inseguridad.
En rigor, viajan por tierra a través de viajes organizados por redes ilegales y llegan a Indonesia donde embarcan en botes precarios hacia Australia.
El gobierno laborista anterior reintrodujo la política de internar a los solicitantes en campamentos fuera del territorio australiano. Así, pago mediante, quienes llegan en botes en busca de asilo, son desviados hacia Naurú y hacia Papúa Nueva Guinea donde aguardan el resultado de su solicitud.
Si la solicitud es aprobada, el refugiado no ingresa a Australia, sino que pasa a poseer status legal de refugiado en Papúa Nueva Guinea.
A su vez, el gobierno actual –empujado en alguna medida por un sentimiento anti inmigración de los australianos, reflejado en las encuestas- dispuso el patrullaje de las aguas territoriales y la devolución a su país de origen de los botes con refugiados interceptados.
También amplió la extra territorialidad para los refugiados con la apertura de campamentos en Camboya.
Desde ya que toda esta política anti inmigratoria lleva la condena y la oposición de las organizaciones de derechos humanos. En particular, la autorización del Parlamento para devolver a su país de origen a los demandantes de asilo cuyas solicitudes no son aceptadas. Dicha decisión contradice las resoluciones de Naciones Unidas sobre refugiados.
Todo indica que la ola anti inmigratoria subirá varios escalones más en los días por venir.
Abbott anunció un refuerzo de los controles en las fronteras para prevenir el terrorismo, sobre todo tras la detención de dos jóvenes a los que se les atribuye la intención de provocar atentados. Uno de ellos, irakí, y el otro, kuwaití.
Dijo además que el próximo 23 de febrero dará a conocer precisiones sobre nuevas medidas contra el terrorismo.

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