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Afganistán: la hora de la verdad para el ejército y para el gobierno Destacado

Ceremonia de retiro de la fuerza de la OTAN, la ISAF Ceremonia de retiro de la fuerza de la OTAN, la ISAF

De cerca, muy de cerca, sigue el gobierno de unidad nacional recién formado en Afganistán, los pasos que del otro lado de la frontera da el gobierno de Pakistán respecto de los Talibán, tras la masacre en la escuela de Peshawar.


Como se recordará, antes de fin de año, talibanes pakistaníes atacaron una escuela y dieron muerte a más de 140 personas, entre ellos 132 niños, muchos de ellos hijos de militares.
El horror que produjo la matanza del grupo terrorista Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP) abrió la expectativa de un comportamiento distinto del gobierno pakistaní que, hasta ese momento, practicaba una dudosa división entre Talibán pakistaníes y Talibán afganos.
En Kabul, la capital de Afganistán, las esperanzas están depositadas en un cambio en la actitud del vecino. Hasta el momento, el Ejército pakistaní combatía al TTP pero no hacía nada frente a los Talibán afganos que usan el territorio pakistaní como santuario.
Todo es evidente aunque todo se niegue. En la ciudad de Quetta, en el Baluchistán pakistaní, reside la Shura –el consejo- talibán afgano. Desde allí, se toman las decisiones sobre ataques en territorio afgano. Nadie los molesta.
También en Pakistán se refugian los terroristas de la red Haqqani, aliados de los Talibán, quienes cometen los atentados más sangrientos y solo se dedican al terrorismo.
Pero, además, todo el mundo sabe que todo el movimiento Talibán afgano mantiene próximas vinculaciones con el ISI, los servicios de Inteligencia pakistaníes. Todos ellas, cuestiones que, obviamente, el gobierno pakistaní no reconoce.
Sin la luz verde del ISI, resulta difícil imaginar que los Talibán afganos discutan con el gobierno de Kabul. Los intentos de diálogo del ex presidente Hamid Karzai chocaron todos ante la falta de cooperación pakistaní.
Con la retaguardia asegurada, los Talibán afganos combaten. Sin ella, otro sería el cantar.
El nuevo presidente, Ashraf Ghani, intenta el mismo camino de la búsqueda de un diálogo. Tal vez logre algún éxito mayor en virtud del acercamiento que se verifica entre Estados Unidos y Pakistán. En esa relación, el problema no son los Talibán sino Al Qaeda.
No son pocos los observadores que piensa que si aún un clima de aproximación se instala entre Estados Unidos y Pakistán, difícilmente envuelva las relaciones entre los vecinos Pakistán y Afganistán.
Pakistán siempre mantuvo una política coherente frente a Afganistán: instalar en el poder a un grupo que mantenga una relación tan estrecha con Pakistán como tan distante de la India. Hasta ahora, así eran vistos los talibanes afganos. Nadie sabe aún que ocurrirá tras la masacre de Peshawar.
Mientras tanto, luego de trece años de combates, las tropas de la OTAN salieron del atolladero afgano. Y la gran incógnita es si, por sí mismo, el Ejército afgano será capaz de valerse contra los Talibán.
Lejos está el país de haber sido estabilizado. Tras gastar más de 1 billón de dólares y dejar una saldo de 3.485 soldados de la coalición muertos, solo es posible afirmar que la insurrección islámica aparece como algo debilitada. Pero, no más allá.
Hoy por hoy, el Estado –y el Ejército- afgano domina los grandes centros poblacionales, inclusive la gran capital de la etnia pashtun del sur afgano, Kandahar, otrora sede del régimen Talibán. Dominan además las zonas rurales circundantes a las ciudades. Nada más.
Aunque es muy pronto para abrir un juicio definitivo, tras 20 días de la partida de las tropas de la OTAN, el Ejército afgano no se desbandó, ni nada parecido.
Pese al incremento de los ataques y pese al número creciente de muertos –en 2014, fueron más de 4.500-, soldados y policías afganos se mantienen firmes.
Si la moral continúa alta, el problema a solucionar radicará en el financiamiento. La OTAN comprometió un financiamiento de 5.200 millones de dólares anuales para sostener un ejército de 352.000 hombres para el trienio 2015-2017.
Un reciente estudio del Center for Naval Analyse llega a la conclusión que se trata de un esfuerzo insuficiente. Que el personal debería ser incrementado a 373.000 hombres y que el costo debería ubicarse en el orden de los 6.000 millones de dólares.
La corrupción será otro punto a tener en cuenta en materia militar. Pese a la inversión realizada, algunos militares afganos se quejan por la mayor calidad del armamento Talibán y por la escasez de municiones.
Son déficits que no se solucionaron. Junto a la corrupción, el muy bajo nivel cultural de los reclutas, las dificultades para la planificación, los errores en los circuitos de aprovisionamiento y la falta de medios médicos y medicinales conforman el capítulo a solucionar.
Más allá de las carencias mencionadas, dos elementos centrales ponen en duda el futuro del Ejército afgano. Por un lado, la falta de Fuerza Aérea que redundará en la capacidad de reagrupamientos talibanes de mayor tamaño a fin de efectuar ataques.
Por el otro, una moral superior del enemigo basada en un convencimiento ideológico.
Desde lo político, recién el 12 de enero de 2015, Afganistán logró formar un gobierno de unidad nacional, tres meses después de la investidura del nuevo presidente Ashraf Ghani.
Se trata de 25 ministros –entre ellos, 3 mujeres-, acordados entre el presidente y su "especie" de primer ministro y rival en la elección pasada, Abdullah Abdullah.
Comprometido contra la corrupción y el favoritismo político, el presidente Ghani mantuvo su promesa de no designar ningún ministro saliente.
El gabinete es la síntesis de una búsqueda de compromiso entre Ghani y Abdullah. Al primero, por ejemplo, le correspondieron los ministerios de Defensa y de Finanzas; y al segundo, Interior y Relaciones Exteriores.
Todos los miembros del gabinete deberán ser aprobados por la Wolesi Jorga, la Cámara Baja del Parlamento. Uno de los puntos que pueden llegar a complicar la designación es la doble nacionalidad de alguno de los nominados.
Se pretende que solo lleguen quienes poseen nacionalidad afgana en exclusiva. Pero, gran parte de los nuevos ministros –nueve- poseen, por ejemplo, nacionalidad norteamericana de los años de exilio.
Finalizar la formación del gabinete resultará clave para comenzar un proceso que no solo debe atender las cuestiones de seguridad frente a la amenaza Talibán, sino que debe relanzar un proceso económico.
El presidente confía en la minería como una salida inicial para una situación económica de estancamiento. Una riqueza mineral que fue cubicada en aproximadamente 848 mil millones de dólares. Atrás de ella, cuando no, China.
China es la aliada tradicional de Pakistán. Tal vez por allí pase el hilo conductor para que el régimen pakistaní abandone su protección sobre los Talibán afganos.
Esmeraldas, oro, plata, lápiz-lazuli conforman algunos de los recursos de piedras preciosas y minerales que podrán ser aprovechados. Hierro, cobalto, cobre, cromo, litio, tierras raras completan un cuadro que, bien manejado, constituirá la base económica del Afganistán del futuro.

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