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Irak: la rebelión sunita a las puertas de Bagdad Destacado

Rebeldes Sunitas Rebeldes Sunitas

El fantasma de la partición planea sobre Irak. La división del país en tres partes aparece como a la orden del día. Kurdos, árabes sunitas y árabes shiítas terminarán, tarde o temprano, por formar sus propios estados. Ese es el panorama de fondo que se desarrolla alrededor de la guerra civil que asola el país.

 

El resto son componentes importantes pero no determinantes. El EIIL (Emirato Islámico para Irak y el Levante) es, en realidad, una parte de una heteróclita alianza sunita para enfrentar a un poder shiíta con alto perfil sectario encabezado por el recientemente triunfador de las elecciones, el primer ministro Nuri Al-Maliki.

Para comprender la cuestión irakí hace falta remontarse a la historia y observar como dicha historia modela la realidad actual.

De manera arbitraria en la elección de la fecha, en el año de 1831, el Imperio Otomano (turco) derrota a los mamelucos de Georgia que gobernaban Irak y ejerce un control férreo sobre su nueva provincia.

En la Primera Guerra Mundial (1914-1918), el Imperio Otomano combatió al lado de Alemania y, si bien, sus tropas derrotaron a las británicas en Irak, el apoyo árabe al mítico coronel Lawrence (Lawrence de Arabia) modificó la ecuación y Bagdad fue tomada en 1917.

Sobrevino entonces el tratado Sykes-Picot, conocido por los apellidos de los negociadores británico y francés, de reparto del Medio Oriente otomano entre ambas potencias vencedoras. Líbano y Siria fueron para Francia. Palestina, Transjordania e Irak para Gran Bretaña. Por el entonces, Irak no se llamaba Irak sino la Mesopotamia.

El mandato británico sobre Mesopotamia – legalización por la Sociedad de las Naciones del reparto Sykes-Picot – culmina en 1932 con la independencia del Reino de Irak. Fue el momento de la consagración de la superioridad de la minoría árabe sunita. La creación del Reino fue, en gran medida, una compensación británica a la familia hachemita frente a la entrega del poder a la familia saudita en Arabia. Árabes shiítas y kurdos fueron convidados de piedra en las negociaciones e intrigas.

En 1958, con el asesinato del rey Faisal II cae la monarquía irakí. Proclamada la república, los comunistas detentan el poder hasta 1963, cuando los nacionalistas del partido Baas al que pertenece Saddam Hussein dan el golpe de estado que los lleva a la cima. También son árabes sunitas. Dos años antes, en 1961, comenzó la rebelión kurda en el norte del país que reclamaba autonomía para el Kurdistan y democracia para Irak.

Ni lo uno, ni lo otro. Dictadura baasista militar. Primero con Ahmad Al-Bakr y luego con Saddam Hussein. Todos árabes sunitas.

La caída de Saddam Hussein a manos de la coalición internacional que encabezaron las tropas norteamericanas modificó las cosas, pero el resultado fue muy malo para la unidad del país.

Dos decisiones de la administración norteamericana resultaron, a la postre, sumamente discutibles. Una fue la supresión lisa y llana del Ejército y su reemplazo por otra institución armada. La otra fue, tal vez menos imputable, la formación de partidos políticos étnicos y confesionales.

La mezcla de ambas resulta determinante para la actual situación muy comprometida para la unidad del país.

La formación de partidos políticos étnicos –caso kurdo- y confesionales –sunitas y shiítas- determina inevitablemente que la comunidad con mayor número de miembros gobierne.

Es así que, desde la administración norteamericana a esta parte, gobiernan los shiítas del Partido Dawa que, a su vez, encabeza una coalición confesional shíita llamada Estado de Derecho. Es la que lleva al poder a Nuri Al-Maliki.

Ante dicha situación hace falta una vocación integradora, tipo Nelson Mandela, que no es el caso de Al-Maliki. Mucho más shiíta que irakí, Al-Maliki no duda en sectorizar su gobierno y ganar la enemistad de los sunitas. Es más, se involucra con los shíitas persas, no árabes, que gobiernan la vecina y ex enemiga Irán. Hay mucho de revanchismo frente a los abusos del baasismo sunita anterior.

También al disolver el Ejército, se perdió la sapiencia militar acumulada previamente. Sapiencia militar que en el caso de Irak era doble. Por un lado como gendarme represor interno. Por el otro, como combatiente durante los 9 años de guerra con Irán.

Con la disolución, todo ese “savoir faire” acumulado en oficiales, en su amplia mayoría sunitas, fue a parar a la rebelión.

Hoy, sin duda, los combatientes rebeldes son superiores al nuevo ejército regular irakí, en el que la administración norteamericana gastó 20.000 millones de dólares, como lo prueba la ofensiva fulgurante y la desbandada de las tropas gubernamentales.

Aquí es el momento de plantearse si el EIIL domina la situación. Sin dudas para Nuri Al-Maliki presentar a los rebeldes como un conjunto de terroristas bajo la bandera del EIIL es por demás conveniente. Pero, en la realidad, el EIIL es solo un grupo – terrorista y djihadista – dentro de una coalición heteróclita de sunitas con intereses diversos.

La fuerza combatiente sunita aliada al EIIL puede, pues, ser dividida en cuatro categorías. En primer lugar, los oficiales baasistas de Saddam Hussein que, desmovilizados por la administración norteamericana, jamás rindieron sus armas. Al frente de ellos se ubica Ezzat Al-Duri, un lugarteniente de Saddam Hussein que nunca fue capturado por los norteamericanos. Es el jefe del Ejército de la Vía del Nackchabandi, grupo armado de militares profesionaes que también combate en Siria.

La segunda categoría comprende las Brigadas de la Revolución 1920, cercanas a los Hermanos Musulmanes cuyo jefe de la rama irakí es Hareth Al-Davi y vive en Jordania.

Luego están las milicias Sahwa, conformadas por grupúsculos armados sunitas.

Por último están los jefes de tribus sunitas que conforman consejos militares revolucionarios tras la represión de Al-Maliki a las protestas que reclamaban espacio y reconocimiento para la comunidad.

Imaginar que el EILL pueda iniciar una ofensiva y mantener territorios sin el concurso de estos grupos con mucho mayor implante en la población, resulta imposible. Además, ni conocen bien el terreno, aún menos en la proximidad de Bagdad, dado su composición internacionalista, ni el manejo de armas de mayor sofisticación que solo pueden brindar los ex oficiales baasistas.

¿Es un pacto con el diablo? Sí y no. Probablemente, los sunitas irakíes recelen del djihadismo del EILL. El baasismo poco y nada tiene que ver no solo con el fundamentalismo, sino directamente con la religión. Es laico. Hoy, solo los une su calidad de sunitas, suficiente para enfrentar al autoritarismo sectario del shiíta Al-Maliki en Irak y a la dictadura siria del alauita –rama del shiísmo- Bashar Al-Assad.

Pero, también es un mal menor. Nada indica que “liberados” los territorios sunitas, la heteróclita coalición continúe. Y si el EILL parece muy fuerte, de ninguna manera tiene la capacidad del Ejército de la Vía del Nackchabandi.

Y los primeros síntomas de desacuerdo ya surgieron y están alrededor de la conformación del eventual Emirato Islámico. Nadie, fuera del EILL lo quiere. No solo por fortísimas razones de convencimiento político. También porque nadie quiere que el mundo apoye a Al-Maliki para frenar al djihadismo y la conformación de un reducto terrorista fundamentalista, y porque se trata de reconquistar el poder, al menos en territorio sunita, no de librar la guerra santa contra los shiítas, lo que obligaría la intervención iraní.

Aquí llegamos a la eventual internacionalización del conflicto. De momento, nadie quiere intervenir. Ni los Estados Unidos, ni Irán, pero las cosas pueden precipitarse.

Por ejemplo, si el EILL y sus aliados toman Bagdad. Por ser la capital del país, Bagdad es multiconfesional. Desde lo étnico, son pocos los kurdos. Pero desde lo confesional, son más los árabes shiítas que los sunitas.

Por tanto, si el EILL toma Bagdad y pretende llevar adelante una djihad contra los shiítas, la intervención de Irán no resultará impensable. Otro tanto si intenta ocupar las ciudades santas shiítas de Najaf y Kerbala, tal como lo proclama.

Estados Unidos, en cambio, intentará no actuar. Varias son las razones que lo impulsan. Primero porque su presidente, Barack Obama, se interesa poco sobre cuestiones internacionales y aún dentro de estas fijó solo como prioridad al Pacífico.

De alguna manera fue cuanto fue a decir el secretario de Estado, John Kerry, en su visita relámpago a Bagdad. Hizo una recomendación: “póngase de acuerdo y formen gobierno de unidad nacional”. Una forma de deshacerse del problema de acudir con ayuda bélica.

Segundo porque su resentida relación con Arabia Saudita se resentiría aún más si termina aliado con Irán a favor de los shiítas.

El punto de inflexión no resultará por tanto un triunfo sunita, sino un triunfo del EIIL dentro de la coalición sunita. Y eso está por verse.

Por último, los kurdos. Acaban de llevar a cabo dos actos trascendentales para su futura eventual independencia. Tomaron la ciudad petrolera de Kirkuk a la que reivindican como kurda pero que el poder central en Bagdad no les reconocía, en primer término. Y, más importante, comenzaron las exportaciones de petróleo hacia Turquía como entidad independiente. Es decir, no solo no enviarán los recursos obtenidos a Bagdad, sino que reciben reconocimiento de facto.

¿Pueden los kurdos sostener militarmente una independencia? Más que ningún otro, sus unidades militares, los célebres Peshmergas, tienen capacidad, idoneidad, disciplina y experiencia combativa.

Mientras tanto, la rebelión sunita se adueñó de un puesto de frontera con Jordania por donde circulan exportaciones e importaciones, algo que inquieta al reino de Jordania por una eventual extensión del conflicto a su territorio.

Un día antes, cayeron las ciudades de Raoua, Ana y Rutba y el segundo puesto fronterizo con Siria, Al-Walid.

Modificado por última vez enJueves, 04 Diciembre 2014 13:42

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