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Brasil: en cien días, Dilma Rousseff perdió la credibilidad Destacado

Movilizaciones contra Dilma Rousseff Movilizaciones contra Dilma Rousseff

La presidente Dilma Rousseff, 67 años, atraviesa el peor momento en sus poco más de cuatro años de gobierno, recién iniciado su segundo mandato. La detención del tesorero de su agrupación política conforma el último episodio de una zaga que puede desembocar en una crisis institucional.


El 15 de abril del 2014, Joao Vaccari, tesorero del Partido de los Trabajadores (PT) fue detenido por orden judicial en el marco de la investigación sobre la corrupción en el gigante petrolero estatal, Petrobras.
Acusado de blanqueo de dinero y de haber puesto en funcionamiento un sistema de "coimas" que funcionó desde el 2004, fue arrestado en San Pablo y transferido a Curitiba donde existe un proceso abierto en su contra.
Vaccari, quien ya estuvo preso y fue liberado, comparecerá en tribunales junto con otros 26 acusados.
De momento, se considera que la corrupción en la petrolera estatal fue desarrollada con el objetivo de financiar las campañas políticas del oficialismo. Sin embargo, no es del todo creíble en función de la magnitud del desvío de fondos que da pie a las protestas en todo el país.
Cierto es que, por ejemplo, la acusación judicial contra Vaccari proviene de inmensas comisiones cobradas por faraónicos contratos que él blanqueaba como donaciones al PT.
No obstante, parece poco creíble a los ojos del más de un millón de brasileños que se movilizaron en marzo y algo menos en abril, que buena parte de esos fondos no hayan ido a parar, en parte, a los bolsillos de los dirigentes.
Según la justicia brasileña, la red conformada por políticos, hombres de negocios y directivos de empresas generó comisiones, en diez años, por un valor de 4.000 millones de dólares.
Si bien la movilización popular del 13 de abril fue de menor convocatoria que la de marzo, alrededor de 600 mill personas manifestaron en distintas ciudades del país para solicitar la renuncia de la presidente Rousseff.
La convocatoria fue hecha a través de Internet, por personas que se autodefinen como no políticas y que solicitaron a los concurrentes vestir de verde y amarillo, los colores nacionales de Brasil. Se auto designan como movimiento "Vamos a la calle".
Cabe recordar que Rousseff resultó re electa en noviembre pasado por escasísimo margen frente al senador Aecio Neves y que su mayoría legislativa no corresponde a legisladores de su propio partido, sino a una serie de acuerdos con otros partidos, entre ellos el centrista PMDB.
Esos acuerdos parecen ser parte de la razón de ser de la dimensión de la corrupción en Petrobras. Al respecto, trece senadores, 26 diputados, dos gobernadores y varios ex funcionarios y ex legisladores están sospechados de cobrar coimas provenientes de Petrobras.
Según una encuesta, el 63 por ciento de los brasileños son favorables a la destitución de la presidente, pero igual guarismo imagina que esa destitución no se producirá. Ocho sobre cada diez consultados opinan que la presidente estaba al tanto del delito.
A poco más de cien días de su segunda asunción, la presidente y el gobierno no pasan jornada sin sobresalto.
Hace una semana, el diputado (PT) Pepe Vargas anunciaba, en conferencia de prensa televisada, su designación como ministro de Derechos Humanos. Allí mismo, recibió una comunicación telefónica, su rostro mudó de expresión y dedicó el resto de la conferencia a explicar que todavía no era ministro.
En las 15 semanas que lleva de gobierno, todas son malas noticias. La inflación, por ejemplo, creció hasta ubicarse en el 7,7 por ciento anual. La expectativa de crecimiento económica es nula. Proliferan las amenazas de las consultoras de riesgo de reducir la nota internacional del Brasil.
Según el Banco Central, la inflación rondará para el año 2015 un 8,23 por ciento, mientras que la caída del Producto Bruto Interno será del 1,03 por ciento y el del PBI Industrial, del 2,5 por ciento.
A estos datos hay que agregar las derrotas de Rousseff en el Parlamento, las movilizaciones y las caceroladas populares cada vez que la presidente habla por televisión.
Lejos quedaron aquellos guarismos que consagraban a su antecesor y mentor, Luiz Inacio da Silva, Lula, como un presidente con gran popularidad y que acompañaron, en menor medida, la primera gestión de Rousseff.
Hoy, otra encuesta indica que nada más que un 13 por ciento de entrevistados considera como buena la gestión Rousseff. Solo Fernando Collor de Melo, desde la recuperación de la democracia, registró un índice aún peor poco antes de su dimisión.
Las grandes espadas con que cuenta la presidente para intentar modificar la situación son el vicepresidente Michel Temer y el ministro de Economía, Joaquim Levy.
Temer es central porque es quién debe hacer pasar las inevitables medidas de austeridad, que diseña Levy, por la aprobación del Congreso, donde el PT oficialista solo conforma una minoría.
De momento, consiguió algo que no es mucho, pero tampoco poco: una declaración por escrito donde el Parlamento se compromete a no aprobar leyes que comprometan el gasto público.
A sus 74 años, Michel Temer ya lo fue todo en política. Fue miembro de la Asamblea Constituyente, fue cuatro veces diputado, tres veces presidente del Congreso y hombre de consulta y negociación para Fernando Henrique Cardoso, Lula y para Rousseff de quien es vicepresidente.
Es de origen árabe, católico maronita, respetado por todos, y experimenta un profundo desprecio por todo lo que suene a fundamentalismos y populismos. Es el hombre ideal para actuar detrás del trono. Sabe muchísimo, conoce aún más y opera con precisión.
Y sobre todo, sabe esperar. Rousseff casi como que lo tenía por una figura decorativa, ahora casi que es totalmente dependiente de su accionar. Y además Temer es un constitucionalista con enorme prestigio académico.
Ni él, ni Levy pertenecen al PT. Temer es presidente del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), el partido más grande de Brasil que nunca, hasta el momento, colocó un presidente y que manifiesta una difusa ideología centrista. Pero que cuenta con una importante presencia parlamentaria y con 7 de los 27 gobernadores de Brasil.
Levy es el contacto con los grandes del país: empresas, capitales, bancos, etcétera. Aliados sí, propios no, tanto Temer como Levy hoy están y mañana pueden irse.
Con la designación de Levy, la presidente dio un paso hacia la ortodoxia económica. Luego de un período relativamente intervencionista durante su primer mandato, la dura realidad se impuso y, ahora, hace falta normalizar las finanzas públicas a partir de subas de impuestos y reducciones de gastos.
Cuán lejanos parecen los tiempos en que el Producto Bruto brasileño crecía a razón de un 7,5 por ciento anual; que 30 millones de personas habían logrado abandonar la pobreza y que el mundo miraba al Brasil como uno de esos actores centrales por venir, en el seno de un grupo que se consideraba imparable: los BRICS.
Nada queda de aquello, los datos sociales se deterioran, el crecimiento se detuvo por completo, para no perder competitividad hace falta devaluar y los BRICS impresionan cada día menos.
Ahora, quizás muy tarde, el partido de Rousseff reacciona con una decisión particularmente controvertida y, por demás, poco creíble. Mediante un comunicado afirma que no aceptará más donaciones provenientes de empresas. Solo recibirá las que realicen personas físicas.
Pese al prestigio del ex presidente Lula, el PT resultó ser un antro de corrupción política. Entre el "mensalao", apelativo popular con que se designaban los sobre sueldos pagados a los diputados para la aprobación de leyes, y el financiamiento de la política a través de los sobreprecios de Petrobras, difícilmente vuelva a resultar creíble.
Aunque en la mayor parte de la América denominada latina, todo es posible.

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