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Libia: gana terreno la unidad frente al enemigo común Destacado

El "contrabando" de personas El "contrabando" de personas

De a poco, la guerra civil en Libia cambia de eje. Los enfrentamientos entre milicias islamistas y laicas ceden espacio a los combates entre cualquiera de los dos contendientes contra los fundamentalistas de Estado Islámico.


Aún no se produjo la necesaria reconciliación entre los dos bandos que partieron Libia, pero la presencia y la categorización como tal de un enemigo común es un incentivo mayor para recuperar la unidad del país cuyo peligro de desintegración no fue superado.
Las milicias de Fajr Libya –Amanecer Libio- lanzaron, el 23 de abril pasado, los primeros ataques contra las posiciones de Estado Islámico (EI) en la ciudad de Syrte, ubicada a 450 kilómetros al este de la capital, Trípoli.
El objetivo de los ataques fue el complejo Ouagadougou donde otrora el dictador Muamar Kadafi –oriundo de Syrte- daba sus conferencias y donde actualmente sesiona el Estado Mayor del EI en Libia. Fajr Libya es un alianza de milicias islamistas pero no fundamentalistas.
Desde marzo pasado, los dos gobiernos libios negocian la reunificación en Marruecos, bajo el auspicio de Naciones Unidas. Es que el país quedó dividido cuando, tras las elecciones, los islamistas no reconocieron el triunfo laico.
Fajr Libya, milicia que responde al islamismo, ocupó Trípoli y obligó al gobierno reconocido por la comunidad internacional a emigrar hacia el este, hasta Tobruk, ciudad vecina a la frontera con Egipto.
Es así que Libia cuenta con dos gobiernos, dos parlamentos y dos ejércitos –milicias- que sostienen a uno o a otro.
La división dio pie para la instalación de EI que no busca dominar solo Libia, sino que pretende implantar un califato –único- en todo el mundo musulmán y ampliar la djihad –guerra santa- contra los infieles.
En febrero, los djihadistas de EI asesinaron a cristianos coptos egipcios que trabajaban en Libia, hecho que motivó un bombardeo egipcio, y en abril hicieron lo propio con 28 cristianos etíopes que se encontraban en Libia de paso, para ganar por mar, como inmigrantes ilegales, tierras europeas. Además, en igual sentido, llevaron a cabo varios atentados contra embajadas en Trípoli.
Desde lo político los esfuerzos de Naciones Unidas por concretar una solución a la guerra civil en Libia chocan contra la intransigencia de algunos sectores de un lado y del otro.
Sin dudas, es la fragmentación del país el verdadero problema que da pie a las mafias y al terrorismo. Sin la anarquía que hoy impera en Libia, el desarrollo del EI no conformaría el peligro que hoy representa, ni las mafias de "pasantes" harían su agosto con la inmigración ilegal.
No parece tener chance una solución militar. Ni los islamistas moderados de Fajr Libya pueden vencer a los laicos de Tobruk, ni viceversa. Hace falta intentar una solución política, habilitada por la diplomacia.
Recién ahora comienzan a dar frutos los esfuerzos del enviado especial de Naciones Unidas, el español Bernardino León. Tal vez, ayudados por el avance terrorista del EI, es que ambos bandos comienzan a imaginar que deben encontrar algún tipo de unidad para enfrentar al peligro mayor.
León lleva adelante las conversaciones en Marruecos donde intenta convencer al gobierno de Trípoli que los de Tobruk no son kadafistas y a los de Tobruk que los de Trípoli no son fundamentalistas.
De momento, existen dos instituciones que impiden el estallido final de Libia. Ninguno de los dos gobiernos avanzó sobre la independencia del Banco Central ni sobre la autonomía de la gestión de los recursos petroleros.
Ambos contendientes mantienen y respetan ambas instituciones como prueba y vestigio de la unidad libia. Y, por ende, ambos contendientes no se financian con sus recursos. Si lo llegan a hacer, Libia dejará de ser tal y será reemplazada por cuando menos dos o tres entidades estatales.
León es optimista. Hace pocos días declaró que las conversaciones de paz están muy cerca de llegar a un acuerdo final mientras que el economista libio Ali Tarhouni avanza, aunque lentamente, en los trabajos para dotar a Libia de una nueva Constitución.
Otrora, paraíso para una inmigración subsahariana que llegaba a Libia para trabajar y aprovechar el boom de la renta petrolera, hoy Trípoli es casi una capital fantasma, semi vacía, a la que los libios pudientes abandonaron y a la que cada día le quedan menos subsaharianos porque regresan a sus hogares o porque intentan el arriesgado viaje a Europa.
Su casi desintegración, convirtió a Libia en una "bomba" migratoria para Europa. Es el paraíso para los "pasadores" de inmigrantes que cobran aproximadamente 600 dólares por cada ilegal que transportan. De allí que las embarcaciones que parten de la costa Libia, trasladen el triple de "pasajeros" que la condición de seguridad recomienda.
El cálculo actual, en la primavera boreal, con la llegada del "buen tiempo" es de entre 300 y 700 ilegales que intentan, diariamente, el cruce del Mediterráneo desde Libia.
Es el "agosto" de los pasantes: un país en guerra civil, escindido con dos gobiernos, hace por tanto imposible la cooperación internacional en materia de, por ejemplo, lanchas guardacostas. Hoy Libia solo cuenta con dos guardacostas para atender 600 kilómetros de litoral marítimo.
¿Por qué no ocurría en tiempos de Kadafi? Porque repleto de recursos gracias a los ingresos petroleros, Kadafi alentaba la inmigración africana a su país –poco poblado, por cierto, con solo algo más de 6 millones de habitantes-, no como paso hacia Europa, sino como destino definitivo.
Kadafi soñaba con un liderazgo africano. Su recepción de inmigrantes solucionaba muchos problemas a los gobernantes subsaharianos que le quedaban así particularmente agradecidos.
Tras la caída de Kadafi, debida en buena medida a la acción de bombardeo aéreo franco-británico, y la subsiguiente guerra civil entre las milicias, Libia dejó de ser un destino final para convertirse en un destino de paso a Europa.
Hoy las redes de "pasantes" están absolutamente profesionalizadas. Cuentan con abogados que estudian las legislaciones europeas en materia de inmigración y cuentan con contadores que trabajan en el blanqueo del dinero.
El cálculo del movimiento económico alrededor de la inmigración clandestina supera los 600 millones de dólares anuales. Desde eritreos que solo pueden pagar unos 300 dólares hasta sirios que huyen de la guerra civil de su país y que pagan más de 1.000 dólares.
Las condiciones de unos y otros no son las mismas, como no son los mismos los servicios que prestan los "pasantes". Quienes más cobran ofrecen condiciones de seguridad distintas y cuidan su reputación. Entre los rescatados del Mar Mediterráneo, casi nunca hay personas de nacionalidad siria.
Estos refugiados no parten de Libia, sino de Egipto, con contrabandistas profesionales que les aseguran un buen servicio. Por lo general, los barcos que parten de Libia son aquellos donde las condiciones de seguridad son las peores.
Como en el caso de las drogas, el único combate eficiente posible es aquel dedicado a la persecución del dinero que perciben las mafias de pasantes. Y, claro, solucionar las causas que determinan que las personas abandonen sus hogares en busca de un destino mejor.

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