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Argelia: a paso lento, pero firme, el terrorismo avanza Destacado

La policía argelina, ex bastión del régimen La policía argelina, ex bastión del régimen

Esporádico pero claramente activo, el terrorismo islámico recuperó presencia en Argelia. La decapitación de un turista francés, así lo demuestra.


No son las únicas, pero el marasmo económico y la escasez de posibilidades, resultan algunas de las causas de la adhesión a un islam radical que recuerda las épocas de la guerra civil en la década de 1990
El 22 de setiembre de 2014, el montañista francés Hervé Gourdel fue secuestrado en la zona de Tizi Ouzou en la Kabilia por un grupo terrorista que se dio a conocer como Djund Al-Khilafa, Soldados del Califato.
El nombre adoptado ya dio un indicio sobre la pertenencia de este grupo. No tardó mucho en saberse que se trataba de un desprendimiento de Al Qaeda en el Maghreb Islámico (AQMI) que se pasó a Estado Islámico. De allí lo de Soldados del Califato.
Inmediatamente, el gobierno argelino inició la búsqueda que no dio resultado pese a que fue localizado el campamento donde Gourdel permaneció secuestrado. El montañista francés fue decapitado dos días después. Según sus asesinos, en represalia por la participación de Francia en los bombardeos contra Estado Islámico en Irak.
Según los medios argelinos, en la Kabilia operan alrededor de 400 irregulares de AQMI donde se mueven con cierta comodidad pero les es sumamente difícil descender a las grandes ciudades, dado el cerco que practica el Ejército argelino.
Se trata de una guerra larvada. A veces, los terroristas atacan, por ejemplo, un convoy militar y, a veces, el Ejército inicia operaciones de rastrillaje en la región.
El secuestro forma parte importante del financiamiento de AQMI, pero también lo ejercitan grupos de bandidos que operan en la Kabilia, como también lo hacen en el Sahara. En rigor, resulta muy difícil diferenciar unos de otros. No son pocos quienes señalan que AQMI es solo un conjunto de bandidos disfrazados de militantes islámicos.
El 15 de enero de 2015, tras una confesión de dos detenidos, el despojo de Gourdel fue encontrado por el Ejército con la cabeza separada del cuerpo. Previamente, en diciembre 2014, Abdelmalek Guri, quién se atribuyó el asesinato, resultó muerto en una operación del Ejército.
Para los argelinos, aunque con mucha menor intensidad, los hechos de violencia que se suceden recuerdan a la terrible década de 1990 cuando se produjo la guerra civil que opuso al Ejército contra el brazo armado del Frente Islámico de Salvación (FIS) que había ganado unas elecciones que no le fueron reconocidas. En esa contienda, resultaron muertas unas 120.000 personas.
La situación pone en tela de juicio la iniciativa del presidente Abdelaziz Buteflika de amnistiar a los islamistas presos, como una medida de pacificación. A la luz de esa política, los predicadores y militantes de un islamismo radical ganaron presencia en los medios de comunicación.
Al punto que uno de ellos se aventuró, mediante una fatwa, a condenar a muerte a un escritor argelino, Kamel Daud, por publicar la novela "Mersault, contra-investigación", juzgada como contraria a los intereses islámicos.
Una fatwa es una orden emanada de un religioso que, en este caso, permite a cualquier musulmán asesinar a Daud. Así es según la Sharia, le ley islámica, pero en Argelia impera el derecho positivo, por tanto se trataría de un crimen punible.
El gobierno se encuentra entre dos fuegos. El de los islámicos y el de los laicos. Se mueve de forma pendular entre ambos para postergar una nueva batalla que se avecina y se adelanta tras la tolerancia frente a los ultras.
En buena medida, el poder no sabe para dónde disparar. La reelección de Buteflika, un hombre anciano y enfermo que cada dos por tres debe viajar a Francia para internarse por sus dolencias, no es más que una demostración.
Ya no aparece más en público. Cuando se desplaza, lo hace en silla de ruedas. Padeció un accidente cerebro vascular y una úlcera hemorrágica. Tiene 77 años de edad, pero para el círculo del poder no parece reemplazable, porque nadie garantiza el statu quo, una condición central en un país gangrenado por la corrupción y el nepotismo.
La complicada situación institucional muestra sus consecuencias por varios lados. Así, a mediados de octubre se llevó a cabo un movimiento de protesta policial que comenzó en el Sahara, en Ghardaia, y culminó en Argel.
La policía resultaba hasta aquí un pilar del sistema. Ahora, se sublevó contra su jefe, un general de Ejército. Fue el primer movimiento contestatario en su historia. Abarcó, en la práctica, a todo el país. Desde Oran en el oeste, hasta Constantina en el este.
La paz social que, con demasiados sobresaltos, aún reina sobre Argelia se encuentra particularmente amenazada con la casi inevitable reducción de las prestaciones sociales como producto de la caída de los precios internacionales del crudo.
El presupuesto para el año 2015 fue elaborado a partir de un cálculo de 100 dólares el barril de petróleo crudo. Hoy, el valor de mercado no supera los 50 dólares. Ergo, para Argelia, país petrolero, el problema es grave.
Todo el mundo recuerda que la caída de los precios del crudo en los años 80 fue el preludio de los enfrentamientos de 1988 y el antecedente de la década de guerra civil, en los 90.
El petróleo asegura el 97 por ciento de los ingresos en divisas del país y genera el 60 por ciento de la recaudación tributaria. La situación no es terminal porque el Banco Central de Argelia atesora 200 mil millones de dólares como reservas. Pero, aun así, si la caída de los precios del crudo se prolonga, el país deberá entrar en una fase de austeridad.
Al respecto, el primer ministro Abdelmalek Sellal anunció un congelamiento de las vacantes en la administración pública, la paralización de las obras de una autopista de montaña, de las de implantación de tranvías en las grandes ciudades y de la continuidad de los trabajos para el subterráneo de Argel.
De momento, aseguran que las subvenciones a los combustibles y a los alimentos de primera necesidad continuarán. Nadie sabe hasta cuándo.
De su lado, los habitantes de In Salah, en el extremo sur de Argelia, llevan a cabo movilizaciones para protestar contra una futura explotación de petróleo proveniente del gas de esquisto, ante la falta de estudios confiables sobre el impacto ambiental.
En los próximos días el gobierno debería anunciar una moratoria sobre el proyecto. No tanto debido a razones ambientales sino a causas económico-financieras. La caída del precio del crudo hace anti económico la explotación de "petróleos alternativos".
El gobierno argelino parece haber tomado, finalmente, conciencia que la caída del precio impulsada por Arabia Saudita tiene, como razón principal, el impedir dichas explotaciones no convencionales. Por ende, los bajos precios persistirán durante largo tiempo.
Desde el plano regional, Argelia mantiene un prolongado conflicto con su vecino Marruecos como producto de los desacuerdos respecto a la ex colonia española del Sahara, ocupada ilegalmente desde hace 40 años por Marruecos. Argelia apoya, al igual que la Unidad Africana, la independencia saharaui.
Desde 1994 está cerrada la frontera terrestre entre ambos países y cada tanto tiempo se registran incidentes. Argelia incrementó el patrullaje fronterizo y cavó zanjas para impedir el contrabando de combustibles.
De su lado Marruecos, al igual que hizo con el ex Sahara español, erigió una cerca para "impedir el paso de los terroristas".
Mientras tanto, la Unión Europea informó sobre una estafa mancomunada llevada a cabo por funcionarios argelinos y, eventualmente, responsables del POLISARIO, el movimiento de liberación saharaui que lucha contra la ocupación marroquí.
La estafa fue concretada con las donaciones de la UE para los campamentos de refugiados saharauis. Argelia y el POLISARIO se negaban a censar a los refugiados y, por ende, mantenían como válido un número de 155.000. Al parecer, son menos de la mitad quienes viven en esos campamentos.
La estafa no solo consistía en mantener artificialmente alto el número de refugiados para obtener excedentes de abastecimientos, luego revendidos, sino que además eran cambiadas las calidades de los productos remitidos para "mejorar las ganancias" ilegales.
La corrupción resulta uno de los principales problemas en Argelia. Un régimen anquilosado, en el que nadie cree, ni nadie sabe cuándo acabará, opera como incentivo para buena parte de los cuadros en el poder.
Las diferencias con Marruecos no son las únicas. Pese a la reciente visita del presidente de Niger, Mahamadu Issufu, las divergencias persisten en relación con la seguridad en el Sahel, en el Sahara y en el norte de África.
Para los nigerinos, también para el Chad, resulta imprescindible reunir –y financiar- una fuerza internacional para intervenir en la guerra civil libia con el objetivo central de detener el contrabando de armas y de frenar al fundamentalismo islámico.
Para Argelia, en cambio, es solo un problema de los países limítrofes y, por ende, no debe intervenir ninguna potencia. O sea, no se debe hacer nada, ya que la no intervención incluye el financiamiento de una eventual fuerza africana, solo posible si se implican los países europeos y/o los Estados Unidos.
¿Qué teme Argelia que la hace adoptar esa actitud? Probablemente un crecimiento de la violencia por parte del fundamentalismo islámico dentro del territorio nacional.
Mientras tanto refuerza, moderniza y redespliega sus Fuerzas Armadas. Es el país que más gasta en defensa en toda el África. Y lo hace en función de una nueva doctrina militar, la de combatir contra una fuerza militar irregular islámica del tipo de Estado Islámico o del Frente Al Nosra sirio.
En tal sentido, se anticipa.

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