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República Centroafricana: un incierto acuerdo de paz Destacado

 Presidente Catherine Samba-Panza Presidente Catherine Samba-Panza

Un acuerdo de fin de las hostilidades fue firmado el miércoles 23 de julio en Brazzaville, capital de la vecina República del Congo. Por dicho acuerdo, las partes en conflicto en la República Centroafricana se avienen a “cesar todo acto de violencia contra las poblaciones civiles y toda violación de los derechos humanos”.

 

El acuerdo fue firmado por la presidente interina Cathérine Samba Panza, figura casi decorativa sostenida por las tropas francesas y africanas estacionadas en el país y por algunos cabecillas de los grupos que se enfrentan: la rebelión Seleka, mayoritariamente musulmana, y los grupos anti balaka, cristianos.

Pero aquí comienzan las incertidumbres sobre el resultado efectivo del acuerdo. En primer lugar, porque por el lado de la rebelión Seleka, solo firmó el jefe de la delegación, Mohamed-Moussa Dhaffane, pero no lo hizo la rama disidente.

Por el costado anti balaka, firmó Patrice-Edouard Ngaissona quién exhibe un título de coordinador nacional de las milicias, milicias que no reconocen ninguna unidad de mando.

Desde el punto de vista simbólico, resultaron de envergadura las firmas del arzobispo de Bangui, la ciudad capital, Dieudonné Nzapalainga, y del presidente de la comunidad Islámica de la República Centroafricana, imán Layama Kobine.

Otra incertidumbre es cuál resultará el efecto práctico de la firma del documento. Porque nada dice sobre desarme de las milicias, nada sobre desmovilización de sus integrantes, ni traza una hoja de ruta para la normalización política del país.

Desde el derrocamiento del presidente Francois Bozizé, en marzo del 2013, el país, rico en diamantes, petróleo y uranio, vive hundido en el caos con violencias intercomunitarias que arrojan un saldo de miles de muertos y de cientos de miles de desplazados.

Es más, no resulta antojadizo hablar de una división del país en dos territorios donde en cada uno de ellos viva mayoritariamente una de las dos comunidades religiosas.

No resulta ajeno a ello, la designación del ex dictador Michel Djotodia como jefe de la rebelión Seleka, a través de una asamblea en la ciudad de Birao en el norte musulmán del país.

Djotodia debió abandonar el poder en enero de 2014 por la presión internacional que lo obligó a refugiarse en la República de Benin. Sus milicias Seleka cometieron, mientras estuvo en el poder, toda clase de exacciones contra la población civil, en particular contra los cristianos.

Fueron esas violencias las que motivaron la intervención militar francesa, en diciembre del 2013, a través de la llamada Operación Sangaris.

Djotodia que, al igual que su antecesor Francois Bozizé, fue sancionado por Naciones Unidas y por los Estados Unidos, solo detenta una parte del poder Seleka, dividido por luchas internas desde el abandono del gobierno.

La Operación Sangaris debutó el 5 de diciembre de 2013, tras una carnicería ocurrida en un enfrentamiento entre selekas y anti balakas. Y debutó mal.

Porque cambió la relación de fuerzas a favor de los anti balaka pero nunca contó con el nivel de odio y de venganza de los cristianos frente a los musulmanes. El odio entre ambas comunidades, después de décadas de vida en común, es ahora total, y las venganzas se suceden de un lado y del otro.

Actualmente, en el país, se encuentran 2.000 soldados franceses y 6.000 de varios países africanos que hacen de bomberos para apagar incendios donde se producen enfrentamientos. Los franceses deberían ser reemplazados a mediados de setiembre por un contingente de Naciones Unidos.

También está en juego la unidad. La rebelión Seleka domina todo el norte del país y, por supuesto, no responde a un poder central que no cuenta con fuerzas armadas operacionales, ni con una policía eficiente.

Para febrero de 2015 están llamadas las elecciones presidenciales. Nadie asegura que, para esa fecha, estén dadas las condiciones.

Modificado por última vez enLunes, 08 Diciembre 2014 14:28

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